Chile y su patrimonio natural: una riqueza en peligro

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Por Revista Ecociencias

Chile es reconocido por su diversidad de paisajes, desde el desierto más árido del planeta hasta bosques templados lluviosos y archipiélagos subantárticos. Esta condición geográfica lo convierte en un verdadero mosaico de ecosistemas y en uno de los países con mayor endemismo del mundo. Sin embargo, esta riqueza natural —que constituye parte esencial de nuestra identidad territorial— se encuentra hoy bajo amenaza.

La biodiversidad de Chile no es solo un conjunto de especies, sino una herencia viva que alimenta nuestros ríos, sostiene nuestros suelos, regula el clima y forma parte del bienestar y la cultura de miles de comunidades. En el contexto de crisis climática y degradación ambiental, el cuidado del patrimonio natural se vuelve una tarea urgente, transversal y compartida.

Un país de extremos que favorece la vida

Las barreras naturales que enmarcan a Chile —la cordillera de los Andes, el océano Pacífico, el desierto de Atacama y los hielos australes— han propiciado la evolución de especies únicas. Según el Ministerio del Medio Ambiente, Chile alberga cerca de 30.000 especies descritas, de las cuales entre un 25% y 35% son endémicas. Este rasgo se expresa con fuerza en la zona centro-sur del país, catalogada como uno de los 35 “hotspots” de biodiversidad del planeta.

Pero esta riqueza está lejos de ser inmutable. De acuerdo con cifras del Sistema Nacional de Información Ambiental (SINIA), el 58% de los animales evaluados en Chile están en categoría de amenaza, mientras que en el caso de la flora el porcentaje asciende al 73%. Estos datos reflejan una crisis de conservación que avanza de forma silenciosa.

Humedales, bosques, montañas y océanos: los ecosistemas bajo presión

Fotografía de: Diego Spatafore. Monocultivo en ladera del Villarrica

Entre los ecosistemas más amenazados se encuentran los humedales, que cubren más de 1,3 millones de hectáreas a lo largo del país. Pese a su enorme valor ecológico —proveyendo agua, alimento, refugio para aves migratorias y especies nativas— han sido históricamente considerados como terrenos “improductivos”. Desde el siglo XIX, muchas vegas, bofedales y turberas han sido drenados para la expansión agrícola, afectando profundamente la dinámica hídrica.

Los bosques nativos, por su parte, representan aproximadamente el 22% del territorio continental y albergan especies de alto valor ecológico, como la araucaria, el alerce y el ciprés de las Guaitecas. A pesar de su importancia, han sido desplazados por monocultivos forestales, principalmente en la zona centro-sur. Entre 1992 y 2012, algunos ecosistemas costeros y ribereños perdieron hasta el 20% de su superficie.

En el ámbito marino, la corriente de Humboldt convierte a la costa chilena en una de las zonas más productivas del mundo. No obstante, el 48% de las pesquerías chilenas presenta problemas de sobreexplotación, comprometiendo tanto la biodiversidad oceánica como la seguridad alimentaria de las futuras generaciones.

Las montañas, que cubren más del 60% del territorio nacional, cumplen un rol crucial como reservorios de agua dulce gracias a sus glaciares y sistemas de nieves permanentes. Sin embargo, el 90% de los glaciares chilenos están en retroceso, y la desertificación avanza hacia el sur.

Las causas: cambio de uso de suelo, especies invasoras, cambio climático

Según la Estrategia Nacional de Biodiversidad 2017–2030, los principales factores de presión sobre los ecosistemas son: la conversión de suelos para uso agrícola o forestal, la urbanización, la expansión de especies exóticas invasoras, la contaminación hídrica y atmosférica, y la sobreexplotación de recursos naturales. A ello se suma la crisis climática, que agudiza los efectos de sequías, incendios forestales y eventos extremos.

El caso de los ecosistemas acuáticos continentales es particularmente preocupante: la eutrofización irreversible, la modificación de cauces, la extracción intensiva de aguas subterráneas y la pérdida de vegetación ribereña están degradando lagos y ríos a una velocidad alarmante, especialmente en la zona centro-norte del país.

Respuestas institucionales: avances y desafíos

Chile ha asumido compromisos relevantes en el ámbito internacional, como la ratificación del Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB) y la adhesión a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). En este marco, la Estrategia Nacional de Biodiversidad 2017–2030 establece cinco objetivos estratégicos, entre ellos el uso sustentable de los recursos, la participación ciudadana y la restauración de ecosistemas.

En términos legales, la creación del Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP) —aprobado en 2023— es un paso clave para unificar la gestión de las más de 110 áreas protegidas del país. No obstante, expertos y ONGs ambientales han advertido que sin financiamiento adecuado, fortalecimiento institucional y fiscalización efectiva, las políticas seguirán siendo insuficientes frente a la escala del problema.

Biodiversidad, identidad y bienestar

Más allá de su valor ecológico, la biodiversidad forma parte de nuestra identidad territorial y cultural. Especies como el huemul, el cóndor o la ranita de Darwin no solo habitan nuestros paisajes, sino también nuestra memoria colectiva. Comunidades indígenas, campesinas y costeras han construido sus modos de vida en íntima relación con el entorno natural, desarrollando prácticas sostenibles que hoy son referentes de adaptación y resiliencia.

Los servicios ecosistémicos —como la provisión de agua, el control de enfermedades, la polinización y la regulación climática— son fundamentales para la salud y la economía. Diversos estudios estiman que los beneficios de las áreas protegidas superan los 2.000 millones de dólares anuales en Chile, sin considerar su valor espiritual, educativo o cultural.

Cuidar lo que somos

Proteger el patrimonio natural no es solo conservar la biodiversidad. Es también proteger nuestra historia, nuestra salud, nuestras culturas y nuestro futuro. Todos somos parte de la biodiversidad, y de ella depende el desarrollo económico, científico, social y cultural del país.

La invitación es clara: volver a mirar el territorio como herencia común. Conocerlo, valorarlo y defenderlo. Porque solo así —reconociendo que la naturaleza también es memoria— podremos construir una sociedad más justa, resiliente y en armonía con su entorno.

Fuentes: Datos oficiales de MMA/SINIA, Informe Nacional de Biodiversidad (Convenio sobre Diversidad Biológica, MMA), Estrategia Nacional de Biodiversidad 2017–2030, reportes de CONAF

 

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