Día del Campesino/a: Semillas de Futuro y Memoria Viva

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Por Claudio Pérez Anabalón, CEO de Eduprisma

Hoy, en el Día del Campesin@, quiero alentar una conversación desafiante, urgente y profundamente necesaria. Porque hablar de campesinado es hablar de vida, de memoria y de futuro. Es reconocer la raíz que sostiene nuestras mesas, el origen de cada bocado que nos nutre, y la esencia de una relación con la tierra que ha definido, generación tras generación, el carácter de nuestra sociedad.

Pienso en las mujeres campesinas que, desde tiempos inmemoriales, han sido las verdaderas maestras de la humanidad. Ellas han sabido leer el lenguaje de los suelos, intuir las estaciones, guardar y compartir semillas como si fueran joyas sagradas, transmitiendo enseñanzas que no están escritas en ningún libro, pero que habitan en las manos curtidas y en la sabiduría silenciosa de los ciclos de la vida. En las huertas y chacras de todo el mundo, desde los Andes hasta los valles mediterráneos, desde las planicies africanas hasta las terrazas asiáticas, estas mujeres han formado generaciones, no con discursos, sino con el ejemplo y con la tierra como pizarra. Educaron a sus hijas e hijos en el arte de cultivar no solo alimentos, sino valores: la paciencia, la resiliencia, la comunidad y el respeto profundo por la naturaleza.

Hoy, esas mismas enseñanzas deben ser vistas con más urgencia que nunca. Vivimos rodeados de agricultura industrial, una maquinaria deshumanizante que ha transformado la tierra fértil en un recurso explotable hasta la extenuación. Frente a ese modelo depredador, surge la luz de quienes don Gastón Soublette ha llamado las “semillas de vida”, hombres y mujeres que desde distintos rincones del mundo y en diferentes contextos, están impulsando la agricultura regenerativa, la agroecología y las prácticas sostenibles. Ellas y ellos no están inventando nada nuevo, sino, en gran medida volviendo al origen: a esa relación armónica con la tierra, al equilibrio con los ecosistemas y a la certeza de que no somos dueños de la naturaleza, sino parte de ella.

En este día no quiero ni mucho menos rechazar los aportes de las ciencias ni los avances tecnológicos. La innovación y el conocimiento científico, cuando se usan con ética y sentido humano, son aliados poderosos. Desde nuevas biotecnologías que permiten proteger cultivos sin recurrir a químicos letales, hasta sistemas de riego inteligentes que reducen drásticamente el consumo de agua, la tecnología puede y debe estar al servicio de la vida, no en su contra. Es urgente articular una ciencia con conciencia, una tecnología con alma, que nos permita enfrentar los desafíos del abastecimiento alimentario sin destruir el planeta que nos sostiene.

Un sabio amigo una vez me habló de este punto de encuentro entre ciencia y agricultura ancestral definiendo -y creo que acuñando, desde su mirada- el concepto de Globalización Biocultural. Me inspira ese concepto, que me hace pensar en la mirada budista de que hace mucho tiempo vivimos en la Era del Alma, luego en la Era del Conocimiento, y hoy hemos transitado a la Era del Cuerpo, en la cual las cosas toman cuerpo integrando los aprendizajes de ambas Eras anteriores. Volviendo a lo mas terrenal, en cuanto a Chile, el campesinado lleva en su historia un arquetipo complejo. Por décadas, la figura del inquilino sometido al patrón de fundo no solo marcó la economía rural, sino que dejó una huella cultural y psicológica que aún palpita en nuestra sociedad. Esa relación de subordinación, de silencios impuestos, de obediencias casi automáticas, sigue reflejándose en cientos de comportamientos cotidianos, tanto en las ciudades como en los campos. Somos un país que aún está aprendiendo a mirarse de frente, a reconocer sus heridas históricas, a liberarse de las cadenas invisibles del servilismo y el miedo al cambio, y me parece que reconocer esto es el primer paso para honrar al campesinado no como un vestigio del pasado, sino como un motor de futuro.

Porque el futuro está allí, en el valor del campesinado, en su conexión íntima con los territorios, en su rol como guardianes de biodiversidad y soberanía alimentaria. Pero debemos deconstruir el concepto de “campesino”, tantas veces asociado al atraso o la pobreza, para convertirlo en sinónimo de innovación, de emprendimiento -en el sentido mayor de la palabra, no en la distinción meramente economica de las últimas décadas- y de dignidad.

Chile tiene todas las condiciones para ser una potencia agroalimentaria sostenible, pero eso requiere de políticas valientes, una estrategia clara y una inversión decidida en el desarrollo rural.

Necesitamos infraestructuras modernas, acceso a mercados justos, formación técnica avanzada y, sobre todo, respeto y reconocimiento real por quienes trabajan la tierra.

Desde Eduprisma, creemos en la educación como el puente para transformar esta visión. La tierra misma es una escuela: nos enseña que no hay cosecha sin siembra, que todo ciclo requiere cuidado y tiempo, que cada acción tiene una consecuencia. Hoy quiero invitar a mirar el campesinado con ojos nuevos: no como un grupo aislado o vulnerable, sino como una comunidad sabia, capaz de enseñarnos lo que ls urbes han olvidado.

Este día no puede ser solo una efeméride más. Debe ser una declaración de futuro. Es tiempo de políticas que integren al campesinado en el corazón del desarrollo nacional, de alianzas estratégicas que reconozcan que sin agricultura regenerativa no hay futuro alimentario posible, de programas educativos que inspiren a las nuevas generaciones a reconectarse con la tierra.

Las mujeres campesinas, las semillas de vida y quienes hoy cultivan con respeto son la vanguardia de una revolución silenciosa. Una revolución que no se libra con armas ni discursos rimbombantes, sino con las manos en la tierra, con la paciencia del brote que rompe el suelo, con la certeza de que el verdadero progreso es aquel que no destruye sus raíces.

En este Día del Campesino/a, quiero que nos preguntemos algo simple y profundo: ¿Qué futuro estamos cultivando? Porque el mañana que soñamos no nacerá en los centros financieros ni en las grandes industrias, sino en los campos, en las huertas, en los territorios donde cada semilla representa una posibilidad de vida.

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