Megaincendios forestales en Chile: un nuevo régimen bajo un clima cambiante

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Cuando el fuego cambia de escala

Los veranos de 2017 y 2023 marcaron un antes y un después en la historia de los incendios forestales en la zona centro-sur de Chile. En ambas temporadas, el país fue testigo de eventos de fuego de una magnitud y velocidad de propagación sin precedentes, capaces de arrasar cientos de miles de hectáreas en pocos días, dejando un saldo devastador en términos humanos, ambientales y económicos.

Según el análisis desarrollado por investigadores del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR)2 y académicos de la Universidad de Chile y la Universidad de Concepción, estos eventos no corresponden a una simple intensificación de los incendios “tradicionales”, sino a la instalación de un nuevo régimen de incendios forestales, estrechamente vinculado al cambio climático y a condiciones meteorológicas extremas.

En las temporadas 2016–2017 y 2022–2023, el área total quemada superó las 450 mil hectáreas, cerca de diez veces el promedio histórico nacional. A ello se sumaron decenas de víctimas fatales, destrucción de viviendas e infraestructura crítica, deterioro de ecosistemas y severas pérdidas productivas, especialmente en los sectores forestal, agrícola y turístico.

Así era el régimen de incendios antes

Durante gran parte de la historia reciente (1985–2015), los incendios forestales en Chile siguieron un patrón relativamente estable. Cada temporada se registraban, en promedio, cerca de 5.000 incendios, concentrados entre noviembre y marzo y principalmente entre las regiones de Valparaíso y Los Ríos.

El área quemada anual fluctuaba entre las 10.000 y 100.000 hectáreas, con un promedio cercano a las 50.000 ha. La mayoría de los incendios eran de pequeña escala, aunque también se producían eventos de mayor magnitud, que podían afectar cientos o incluso miles de hectáreas.

La distribución espacial y la propagación del fuego estaban fuertemente influenciadas por el uso de suelo y la disponibilidad de combustible vegetal —bosques nativos, plantaciones forestales o matorrales—, así como por las condiciones climáticas previas y concurrentes a la temporada de incendios, en particular la temperatura, la humedad y las precipitaciones.

La megasequía y el quiebre del patrón histórico

El escenario comenzó a cambiar de forma sostenida a partir de 2010, con el inicio de la llamada megasequía de Chile central, un periodo prolongado de déficit de precipitaciones que se extiende hasta la actualidad. Este fenómeno alteró profundamente las condiciones del paisaje, aumentando la sequedad de la vegetación, la continuidad del combustible y la simultaneidad de los incendios.

La temporada 2016–2017 fue el primer gran punto de inflexión. Aunque el número total de incendios no fue excepcionalmente alto, el área quemada alcanzó las 560.000 hectáreas. Cuatro megaincendios —cada uno con más de 50.000 ha afectadas— se concentraron en las regiones del Maule y O’Higgins. El incendio de Las Máquinas, en particular, se convirtió en el mayor registrado en Chile, superando las 160.000 hectáreas consumidas.

Estos eventos se caracterizaron por su altísima intensidad calórica y una propagación explosiva, lo que llevó a denominarlos “tormentas de fuego” o incendios de sexta generación.

Tras algunos años con cifras dentro de rangos históricos, la temporada 2022–2023 volvió a encender las alarmas. Incendios de gran magnitud en Ñuble, Biobío y La Araucanía, junto a eventos previos en la zona central, elevaron nuevamente el área quemada total por sobre las 450.000 hectáreas. El incendio de Santa Ana, en la comuna de Santa Juana, superó las 120.000 hectáreas y concentró gran parte de su expansión en apenas tres días.

El rol clave de la meteorología extrema

Uno de los hallazgos centrales del análisis del CR2 es la estrecha relación entre los megaincendios y condiciones meteorológicas extremas, particularmente temperaturas del aire superiores a los 40 °C y vientos intensos.

Durante los episodios más destructivos de enero de 2017 y febrero de 2023, amplias zonas del centro-sur de Chile registraron temperaturas que, según la estadística histórica, deberían ocurrir solo una vez por siglo. A estas olas de calor extremo se sumaron patrones de viento muy intensos —como el viento Puelche en zonas precordilleranas y fuertes vientos del sur en sectores costeros— que favorecieron una propagación rápida y direccional del fuego.

Estas condiciones permiten que incendios que, bajo un clima “normal”, podrían ser controlables, se transformen en eventos de crecimiento explosivo, prácticamente imposibles de contener en sus primeras fases.

Ignición humana y paisaje: factores inseparables

Si bien el clima extremo crea el escenario propicio para los megaincendios, los investigadores enfatizan que la ignición en Chile es, en casi todos los casos, de origen humano, ya sea accidental o intencional. Sin una fuente de ignición y sin un paisaje con abundante combustible, los incendios simplemente no ocurrirían.

El hecho de que en el verano de 2019 se registraran temperaturas extremas sin megaincendios asociados refuerza esta idea: la meteorología extrema no basta por sí sola, pero cuando coincide con igniciones humanas y territorios altamente inflamables, el resultado puede ser catastrófico.

Cambio climático y un futuro desafiante

La recurrencia de eventos de calor extremo en los últimos años no tiene precedentes en el registro histórico reciente. La probabilidad de que tres veranos con temperaturas superiores a 40 °C ocurran en tan corto periodo es extremadamente baja sin la influencia del cambio climático.

El aumento sostenido de las temperaturas máximas en el centro-sur de Chile, junto con proyecciones de un clima cada vez más cálido y seco, sugiere que este nuevo régimen de incendios forestales no es una anomalía pasajera, sino una condición que podría consolidarse en las próximas décadas.

¿Qué se puede hacer?

Aunque no es posible modificar el clima, el análisis destaca que sí existen márgenes de acción para mitigar los impactos de los megaincendios. Entre las medidas clave se encuentran:

  • Sistemas de alerta temprana frente a condiciones meteorológicas de alto riesgo.
  • Manejo adecuado de la vegetación y del combustible vegetal, no solo en torno a centros poblados, sino a escala de paisaje rural y forestal.
  • Reducción de las fuentes de ignición humana, mediante educación, fiscalización y planificación territorial.

Comprender las nuevas dinámicas del fuego en un clima cambiante es fundamental para diseñar políticas públicas, estrategias de prevención y sistemas de respuesta acordes a la magnitud del desafío. Los megaincendios ya no son una excepción: son una señal clara de cómo el cambio climático está reconfigurando los riesgos socioambientales en Chile.

Fuente Análisis (CR)2 “Megaincendios forestales en un clima cambiante”, elaborado por René Garreaud, Martín Jacques y Aníbal Pauchard. 

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