
La computación fúngica explora una idea que hasta hace poco parecía ciencia ficción: utilizar redes de hongos como soporte para procesar información. Investigadores de distintas universidades están estudiando cómo el micelio —la red subterránea de filamentos de los hongos— puede funcionar como arquitectura computacional, con aplicaciones potenciales en sensores ambientales, materiales inteligentes y sistemas electrónicos sostenibles.
El interés por esta línea de investigación surge en un contexto global donde la industria tecnológica busca alternativas más sostenibles al silicio, cuya producción requiere grandes cantidades de energía, agua y minerales críticos.
“La computación biológica no es una idea imposible. Lleva décadas en desarrollo. En los años 90 ya se cultivaron neuronas para controlar robots simples, y desde los años 70 sabemos que los hongos presentan propiedades comparables a las de las neuronas”, explica el ingeniero neuronal John Larocco, investigador del Instituto de Sostenibilidad de la Universidad Estatal de Ohio (Estados Unidos).
Redes vivas que procesan información
Uno de los principales impulsores de esta disciplina es el científico Andrew Adamatzky, director del Laboratorio de Computación No Convencional de la Universidad del Oeste de Inglaterra, en Bristol.
En la década de 2010, Adamatzky observó que el moho mucilaginoso Physarum polycephalum generaba patrones eléctricos complejos, comparables a los potenciales de acción presentes en las neuronas. Ese descubrimiento abrió la puerta a investigar si otros organismos, como los hongos, podían mostrar comportamientos eléctricos similares.

A partir de 2018 comenzó a estudiar el potencial computacional del micelio.
Para ello, los investigadores insertan electrodos en sustratos colonizados por hongos y registran su actividad eléctrica de manera continua. Luego analizan los datos con software especializado, controlando variables como humedad, temperatura o luz para asegurar que las señales provienen del micelio.
Uno de los hallazgos más llamativos es que los circuitos fúngicos pueden adaptarse a estímulos repetidos, mostrando un comportamiento comparable —aunque no idéntico— a la plasticidad neuronal.
Cuando se les aplica electricidad, modifican su resistencia y su forma de conducir la corriente según estímulos previos. En términos técnicos, se dice que poseen propiedades memristivas, es decir, la capacidad de “recordar” señales anteriores.
“No se trata de aprendizaje biológico en sentido estricto, pero sí de un análogo eléctrico del aprendizaje, donde el sustrato modifica su respuesta según la estimulación previa”, explica Adamatzky.
Además, los hongos no generan señales al azar: sus patrones eléctricos parecen formar una especie de lenguaje interno que coordina la actividad de la red micelial.
Una alternativa sostenible al silicio
En paralelo, John Larocco ha investigado el potencial del micelio del hongo shiitake como componente electrónico.
El equipo eligió esta especie por ser resistente, barata, fácil de cultivar y no tóxica, lo que la convierte en un candidato ideal para desarrollar dispositivos electrónicos biodegradables.
La idea es avanzar hacia tecnologías que reduzcan la dependencia de los semiconductores tradicionales, cuya fabricación implica procesos altamente contaminantes.

“Estamos hablando de miles de millones de euros en infraestructura para fabricar chips. En cambio, los dispositivos fúngicos pueden cultivarse prácticamente en cualquier lugar, incluso en un montón de compost”, señala Larocco.
Otra ventaja es que los hongos pueden integrarse directamente en materiales vivos o sistemas ecológicos, como suelos, embalajes, textiles o estructuras de construcción.
Al finalizar su vida útil, los componentes fúngicos se biodegradan, evitando uno de los grandes problemas de la electrónica actual: los residuos tecnológicos.
Ventajas y desafíos tecnológicos
Los experimentos han mostrado que estos dispositivos pueden operar a frecuencias cercanas a los 6.000 Hz, aún por debajo de los memristores comerciales, pero lo suficientemente prometedoras para ciertas aplicaciones.
El investigador Mohammad Mahdi Dehshibi, de la Universidad Carlos III de Madrid, destaca que los sistemas informáticos fúngicos son altamente escalables. Es posible cultivar grandes estructuras miceliales que funcionen como matrices de sensores distribuidos.
Entre sus ventajas también se encuentran bajo consumo energético, flexibilidad y resistencia a la radiación, capacidad de autorreparación y funcionamiento incluso tras deshidratación.
Sin embargo, la computación fúngica enfrenta importantes desafíos.
Uno de los principales es la variabilidad biológica. Cada especie —e incluso cada colonia— puede comportarse de forma distinta, lo que dificulta la estandarización.
También existen problemas técnicos asociados a mantener el micelio vivo y funcional.
“Los sustratos vivos pueden secarse, contaminarse o cambiar de comportamiento a medida que crecen”, explica Adamatzky. Esto complica su integración en hardware convencional y obliga a mantener condiciones ambientales controladas.
Startups que apuestan por la computación con hongos
El interés por esta tecnología también está llegando al mundo empresarial.
La startup Mycosoft, liderada por Morgan Rockwell, se especializa en interfaces que traducen las señales eléctricas del micelio en datos computables.
Entre sus desarrollos se destacan Mushroom 1, un sensor ambiental capaz de medir CO₂, humedad y señales bioeléctricas del micelio; SporeBase, una plataforma para cultivar y monitorear redes fúngicas; y NatureOS, un sistema en la nube para analizar datos biológicos ambientales.
Estas tecnologías apuntan a un futuro en el que los hongos formen parte de infraestructuras inteligentes y redes de monitoreo ambiental.
El futuro de las “computadoras vivientes”
Aunque los científicos coinciden en que los hongos no reemplazarán a los procesadores de silicio de alta velocidad, sí podrían ofrecer ventajas únicas en sostenibilidad, eficiencia energética y adaptación al entorno.
Además, los hongos poseen capacidades sensoriales naturales: pueden detectar luz, gases, sustancias químicas, variaciones de pH y fuerzas mecánicas, lo que los convierte en candidatos ideales para redes de sensores de bajo consumo.
Para Adamatzky, el verdadero potencial de esta tecnología no está en crear computadores tradicionales, sino materiales inteligentes capaces de percibir y responder al entorno.
“Las futuras computadoras vivientes no serán máquinas aisladas”, señala. “Serán materiales adaptativos integrados en nuestros entornos, capaces de monitorear, interpretar y reaccionar al mundo que los rodea”.
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