Entrevista por Matías Saá Leal
Martín García Delgado
Estudiante de Ecoturismo | Viajero | Montañista | Escritor de bitácoras
En la siguiente entrevista, Matías Saá Leal conversa con Martín García Delgado, estudiante de Ecoturismo de 22 años, oriundo de La Ligua y actualmente radicado en Santiago. Martín ha desarrollado una relación profunda con la montaña, el frío y el movimiento: no solo como formas de escape, sino como maneras de conexión consigo mismo y con el mundo que lo rodea.
Se define como viajero más que turista. Aunque disfruta del contacto con otras personas —especialmente en los hostales, donde conversa con gente de todas partes del mundo—, es en la soledad donde más se expande su pensamiento. En sus travesías siempre lo acompaña una libreta (o varias), regalo habitual de su madre, donde escribe para organizarse, desahogar el alma o simplemente registrar lo vivido.
Martín comenzó en el montañismo desde niño. Tras atravesar una enfermedad grave durante su infancia, su familia se mudó a Cabildo, un entorno más natural. Allí, sus tíos lo llevaban al cerro, y las salidas al campo se volvieron parte de su vida familiar. Criado por su madre y su abuela —quienes también disfrutaban de viajar dentro de Chile—, creció fascinado por los viajes y la naturaleza. Desde pequeño sintió que quería dedicar su vida a eso, y con el tiempo reafirmó que el montañismo es lo que más lo llena y le brinda sentido.
Este año realizó un viaje al extremo sur de Chile. Partió desde Santiago cargado con mochilas, ollas, una carpa, su saco de dormir y mucha avena —uno de sus alimentos indispensables—, rumbo a Puerto Williams. Desde ahí recorrió los Dientes de Navarino, pasó por Punta Arenas, Puerto Natales y completó travesías como Cabo Froward. Pasó cinco días en la montaña sin ver a nadie. Fueron días de escritura, reflexión, frío escarchado y manzanas verdes como merienda vital.
¿Cómo soportaste el frío de allá?, que debe haber sido terrible…
Me fui el 22 de marzo. Venía del verano ultra caluroso de Santiago, así que fue muy radical, muy extremo. Pero me encanta el frío. Claro, cuesta levantarse en las mañanas, pero me activa. Me gusta andar con mis chaquetitas, usar el sistema de capas en el día a día.
Fui bien equipado, así que el frío lo sobrellevé. Sí, sentí frío, sobre todo cuando acampaba: hubo noches en que amanecía todo escarchado. Pero fui justo en la transición entre verano y otoño, así que fue llevadero. Lo peor fue en Puerto Natales, después de volver de Torres del Paine. Me proponía salir a trotar en las mañanas, pero costaba: la costanera escarchada, amanecía más tarde…
Empecé a trotar e iba implementando ropa: primero guantes, después pasamontañas. Fui encontrando formas de evadir el frío.
¿Cuál fue el recorrido que tomaste?
Comencé a planificar el viaje unas tres semanas antes. Pensé: ¿dónde quiero comenzar? ¿Cuál es un buen punto para iniciar la travesía? Y me acordé de Puerto Williams, o más bien de los Dientes de Navarino. Lo había escuchado años atrás y lo veía lejano, como un sueño.
Empecé a buscar pasajes, tramos, tiempos. Sabía que no podía hacerlo a la rápida; necesitaba ir con tranquilidad. Compré los pasajes: primero a Punta Arenas, donde estuve una noche en un hostal. El ferry salía como a las 11 de la noche, pero llegué a las cinco de la tarde. No había nadie. Se puso a llover y, a la suerte, grité a los que trabajaban en el ferry. Un caballero me abrió el terminal para que esperara adentro, muy amable. Ahí dije: qué bacán la gente.
Después fue llegando más gente con mochilas. Conocí a un caballero que también iba por primera vez a Puerto Williams. Compartimos nuestras razones, nuestras experiencias.
¿Qué hiciste durante esas 36 horas de ferry?
Fue una experiencia maravillosa. La verdad es que iba con muchas expectativas, quería vivir el momento, pero pensaba que quizás al segundo día ya iba a estar diciendo: “Necesito bajarme”. Y fue todo lo contrario.
El viaje se me hizo muy ameno. La comida estaba deliciosa —de verdad lo quiero destacar—, era fresca, caliente, muy rica. Además, el ferry era bastante cómodo. Yo iba preparado: llevaba un libro y una serie para ver. Y cuando sentía que necesitaba un poco de aire, lo bueno era que podía salir y mirar el paisaje: glaciares, montañas. No tuve la suerte de ver ballenas ni delfines, pero el entorno era impresionante. Me sentí completamente conquistado por el lugar. Las 36 horas pasaron rapidísimo.
Alimentación en la montaña
Martín destaca la avena como su alimento esencial: económica, nutritiva y versátil, la consume a diario, combinándola con miel, mantequilla de maní o frutas. También lleva manzanas verdes, que lo revitalizan, y frutos secos como maní con pasas y nueces, ideales por su alto valor calórico y energético, sobre todo en climas fríos.
Mejor época para viajar al sur de Chile
Recomienda viajar entre marzo y abril por la tranquilidad, la menor afluencia de turistas y los precios más bajos. Es una temporada ideal para quienes pueden tomarse ese tiempo libre. Como alternativa, sugiere la primavera, cuando la naturaleza florece, el clima mejora y se respira más vitalidad.
¿Cuánto tiempo estuviste en completa soledad?
Creo que en Cabo Froward estuve unos cinco días completamente solo. En esa época ya había poca gente en la ciudad, y en la montaña aún menos. Por ejemplo, en Navarino estuve alrededor de cuatro días y solo vi a una pareja de franceses y, a lo lejos, a una persona que parecía una hormiguita en el horizonte. En un trayecto de 45 kilómetros, vi a tres personas en total. En las Torres del Paine sí encontré más gente, pero es un parque nacional muy visitado, así que es normal.
¿Qué descubrimiento personal hiciste en esos días de soledad?
Podría decir muchas cosas. Me encanta la soledad. Disfruto mucho el contacto con otras personas, me gusta socializar, pero siento que en la soledad es cuando más aflora mi creatividad, cuando más reflexiono sobre dónde estoy, qué estoy haciendo, hacia dónde voy.
Me gusta mucho escribir. Siempre me acompaño de libretas —mi mamá siempre me regala alguna—, y tengo varias: una para organizarme, otra para desahogar la mente o el alma. Siento que eso fue lo más valioso que pude hacer estando solo: reflexionar, agradecer, valorar lo que estaba viviendo.
¿Cómo te ayudó la escritura en esos momentos?
Para mí, escribir ha sido fundamental. En pandemia, por ejemplo, me sentí realmente solo por primera vez. Vivía con mi mamá, pero dejé de ver a mis compañeros, dejé de tener contacto con el mundo, y escribir fue una forma de desahogarme, de dejar mis pensamientos en otro lugar.
A veces uno le da mucha importancia a cosas que no lo merecen, y escribir me permitía verlas con otra perspectiva. Con el tiempo, al leer lo que escribía, veo a ese chico que no lo estaba pasando bien, pero que trataba de mantenerse positivo. Esa actitud fue madurando con los años.
Hoy en día, escribir también me ayuda a visualizar lo que he logrado. A veces uno olvida sus propios avances. Escribir me permite volver a ellos, darme cuenta de que estoy sano, que he podido viajar, que estudio algo que amo, que he conocido gente increíble. Me mantiene con los pies en la tierra, me recuerda que hay que seguir.
¿Cómo te definirías? ¿Ecoturista, montañista, aventurero?
Justamente hablaba de eso con alguien que conocí en Puerto Natales. Llegamos a la conclusión de que nos sentimos más identificados como viajeros que como turistas. Me defino así: como viajero, como estudiante —no solo de ecoturismo, sino de la vida—. Me encanta aprender cosas nuevas, aunque no estén ligadas directamente a lo que estudio.
También me considero deportista, montañista. A veces la gente piensa que para ser deportista tienes que haber competido o dedicarte desde niño. Yo no creo eso. Uno puede ser lo que se proponga.
Me identifico con todas esas etiquetas, pero siempre en proceso. Siento que me queda mucho por vivir, por aprender, y eso me emociona: todo lo que está por venir.
¿Qué buscas cuando vas a la montaña? ¿Escapar del mundo o entenderlo?
Cuando voy a la montaña, siento que es cuando más entiendo el mundo… o al menos lo entiendo desde otro lugar. Recuerdo que cuando vivía en Santiago fue cuando más lo noté. Tenía clases de lunes a miércoles, y los fines de semana solíamos tener salidas a terreno. Aunque eran parte de la carrera y aprendía muchísimo, también me servían para salir de la rutina, de la ciudad, del ruido.
Me acuerdo especialmente de una vez, al terminar el segundo año de la carrera, a mediados de diciembre. Llevaba solo una semana de vacaciones, pero me sentía como un robot, desconectado de mí mismo, haciendo cosas sin estar realmente consciente. Entonces, con unos amigos organizamos una salida que habíamos postergado mucho tiempo. Era una travesía de más de tres días. Y al volver, me sentía otra persona.
Eso me pasa siempre después de la montaña: vuelvo distinto. Allá reflexiono mucho. El hecho de salir de las comodidades básicas del hogar —un techo, agua caliente, abrigo— te cambia la perspectiva. Enfrentas situaciones fuera de tu control, pasas frío, tienes que resolver con lo que hay, y ahí es donde la mente se trabaja tanto como el cuerpo.
Vuelvo agradecido. Valoro de nuevo lo esencial. Vuelvo sintiéndome vivo. Y, sobre todo, vuelvo renovado.














