Microbios influyen en la fertilidad de algas rojas: estudio revela diferencias clave entre poblaciones naturales y cultivadas

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Chile se ha consolidado como uno de los principales exportadores de Gracilaria chilensis, un alga roja de gran valor económico utilizada en la producción de agar, insumo clave para las industrias alimentaria, farmacéutica y biotecnológica. Sin embargo, un desafío persiste: en los cultivos esta especie casi no se reproduce sexualmente y depende de la propagación clonal, lo que reduce su diversidad genética y limita su potencial productivo.

Un reciente estudio desarrollado por investigadores del Núcleo Milenio de Agronomía Marina de Algas (MASH) junto a científicos del centro GEOMAR (Alemania) arrojó nueva luz sobre este fenómeno. Los resultados, publicados en Journal of Applied Phycology, revelan que las bacterias que habitan en la superficie de las algas —los llamados biofilms— juegan un rol decisivo en la fertilidad y crecimiento de dos especies: Gracilaria chilensis y G. vermiculophylla, esta última considerada invasora en distintas regiones del mundo.

El equipo evaluó cómo la eliminación o manipulación de los biofilms influía en la formación de tetrasporangios —estructuras reproductivas— y en la tasa de crecimiento de poblaciones naturales (sexuales) y clonales (cultivadas o no nativas). Los hallazgos mostraron un efecto dependiente del contexto: mientras en poblaciones naturales los biofilms fueron esenciales para mantener altos niveles de fertilidad, en cultivos y poblaciones no nativas estos microorganismos favorecieron el crecimiento, pero redujeron la capacidad reproductiva.

Desarrollo de los tetrasporangios en Gracilaria chilensis La imagen muestra cómo evolucionan las estructuras reproductivas de esta alga roja a lo largo de 35 días, observadas bajo microscopio. Los tetrasporangios son las células responsables de la reproducción sexual y la diversidad genética de la especie. A medida que pasan los días, se observa cómo estas células pigmentadas se forman, se conectan y finalmente alcanzan su madurez (F), marcando el ciclo reproductivo de la macroalga.

Además, los intentos de reinocular bacterias tras remover los biofilms no lograron restaurar completamente sus funciones, lo que evidencia la complejidad de estas interacciones. Aun así, el estudio confirmó que algunos ejemplares de G. chilensis en ambientes de cultivo todavía conservan la capacidad de formar tetrasporangios, un rasgo clave para sostener la diversidad genética de la especie.

El trabajo fue liderado por Sara Usandizaga, Juan Pablo Olivos, Jessica Beltrán y Sylvain Faugeron (MASH–Pontificia Universidad Católica de Chile), Marie-Laure Guillemin (MASH–Universidad Austral de Chile) y Florian Weinberger (GEOMAR, Alemania).

Este descubrimiento no solo aporta al conocimiento científico sobre la relación entre algas y microorganismos, sino que también tiene implicancias directas para la acuicultura chilena de Gracilaria chilensis, donde la baja fertilidad en ambientes de cultivo ha sido una limitante para mejorar la productividad de agar.

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