Experta explica que suelos afectados por incendios forestales aumentan el riesgo de erosión e inundaciones en zonas urbanas

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Ingeniera civil advierte sobre aumento de erosión, deslizamientos e inundaciones en áreas urbanas y de ladera tras los incendios forestales en Biobío y Ñuble.

Tras los recientes incendios forestales que impactaron a las regiones del Biobío y Ñuble, la llegada de las lluvias anunciadas para los próximos días abre un nuevo y preocupante escenario de riesgo para comunidades asentadas en zonas urbanas, quebradas y laderas.

Así lo advierte Sofía Toledo, jefa de carrera de Ingeniería Civil de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC), quien explica que el daño que deja el fuego en los suelos puede traducirse rápidamente en deslizamientos, escorrentías superficiales e inundaciones, si no se implementan medidas preventivas oportunas y adecuadas.

Desde la ingeniería civil, los incendios forestales generan efectos críticos en el comportamiento del suelo, entre ellos la pérdida de permeabilidad y la disminución de su resistencia mecánica. “La vegetación superficial se quema y con ello se elimina un refuerzo natural del terreno que aportan las raíces. Además, las altas temperaturas producen capas hidrofóbicas que impermeabilizan el suelo, impidiendo que el agua infiltre correctamente”, explica la académica.

Este fenómeno provoca que gran parte del agua de lluvia escurra superficialmente, acelerando los procesos de erosión y aumentando de manera significativa el riesgo de deslizamientos e inundaciones, especialmente en zonas urbanas emplazadas en pendientes. “Estos procesos comprometen la estabilidad del terreno y de las obras civiles existentes, representando una amenaza directa para las personas, sus viviendas y su infraestructura”, advierte Toledo.

Frente a este escenario, la ingeniera civil enfatiza la necesidad de aplicar acciones inmediatas de control superficial, drenaje y estabilización temporal del suelo tras un incendio. Entre las principales medidas técnicas se encuentran la instalación de mantos orgánicos o geotextiles, que protegen la superficie del impacto directo de la lluvia y reducen la velocidad de la escorrentía.

Asimismo, resulta clave ejecutar obras de drenaje provisorio, como zanjas de coronación, canales y disipadores de energía, que permitan conducir las aguas lluvias de forma controlada y evitar su concentración en sectores inestables. En laderas con mayor pendiente, pueden ser necesarias geomallas, barreras de retención de sedimentos, fajinas o pequeños diques transversales, destinados a contener el suelo suelto y los materiales erosionables.

A largo plazo, estas acciones deben complementarse con evaluaciones geotécnicas que permitan definir intervenciones permanentes, como el mejoramiento del terreno, el refuerzo de taludes o procesos de reforestación controlada y planificada.

Otro aspecto crítico es la reconstrucción de viviendas en los mismos sectores afectados por incendios, sin estudios técnicos previos. “Reconstruir sin evaluar correctamente las condiciones del suelo implica riesgos significativos para la seguridad. El terreno ya no presenta las mismas propiedades geotécnicas y puede volverse altamente inestable frente a lluvias intensas”, explica la especialista.

La ausencia de cobertura vegetal y de sistemas de drenaje adecuados incrementa la probabilidad de inundaciones, flujos de detritos y socavaciones. “Existe el riesgo de emplazar viviendas en terrenos que ya no cumplen condiciones mínimas de estabilidad, exponiendo a las personas a daños estructurales severos”, agrega.

En este contexto, la académica subraya el rol clave de la planificación territorial y la normativa de uso de suelo en la prevención de futuras catástrofes, especialmente en la interfaz urbano-rural. “Una buena planificación permite definir dónde se puede construir considerando peligros como incendios forestales, pendientes inestables o quebradas activas”, señala.

En esa línea, destaca la relevancia del proyecto de Ley de Incendios, que busca fortalecer la prevención incorporando criterios de riesgo en los instrumentos de planificación territorial, con énfasis en franjas de protección sin vegetación, control del crecimiento urbano y mayores exigencias para autorizar nuevas construcciones o procesos de reconstrucción en zonas afectadas.

“Reforzar estos aspectos permite reducir la exposición de las personas y evitar que las tragedias se repitan en los mismos lugares. La planificación territorial deja de ser solo una herramienta de ordenamiento urbano y se transforma en una medida concreta de prevención”, concluye la experta.

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