Estudio revela que la primera menstruación podría dejar huellas detectables en los huesos, incluso siglos después

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Restos óseos menarquía. Créditos, Universidad de Burgos.

La primera menstruación ha sido históricamente un evento invisible para la arqueología. Aunque representa uno de los hitos más importantes en la vida biológica y social de las mujeres, hasta ahora parecía imposible identificarla en restos humanos antiguos. Un estudio reciente publicado en la revista The Anatomical Record, plantea que el cuerpo sí conserva rastros de este proceso y que algunos de ellos permanecen registrados en la estructura interna de los huesos.

El trabajo titulado Tracking adolescent bone remodeling through sex‐specific femoral cross‐sectional changes, fue desarrollado por las investigadoras del Laboratorio de Evolución Humana de la Universidad de Burgos, España, Julia Muñoz-Guarinos y Rebeca García González, quienes analizaron cómo cambia el fémur durante la adolescencia y qué diferencias existen entre hombres y mujeres en ese periodo de desarrollo. Los resultados sugieren que ciertos cambios óseos asociados a la maduración femenina podrían relacionarse con el periodo posterior a la menarquia.

El hueso cambia durante la adolescencia

Lejos de ser una estructura rígida e inmutable, el hueso está en constante transformación. Durante la infancia y la adolescencia se reorganiza continuamente en respuesta al crecimiento, la actividad física y los cambios hormonales.

Uno de los procesos observados por los investigadores es la llamada “contracción medular”, fenómeno en el que disminuye proporcionalmente el espacio interno del hueso mientras aumenta la cantidad de tejido óseo compacto. Estudios clínicos previos habían relacionado este proceso con la acción de los estrógenos durante la pubertad femenina.

Para explorar si este fenómeno podía identificarse en poblaciones antiguas, la muestra incluyó 75 fémures pertenecientes a individuos de la población medieval del Monasterio de San Pablo, en Burgos, España, fechados entre los siglos XIV y XVIII. De ellos, 46 correspondían a individuos no adultos y 29 a adultos. Los investigadores clasificaron a los individuos en cuatro grupos de madurez biológica utilizando indicadores dentales y esqueléticos.

Tecnología médica aplicada a restos arqueológicos

El estudio utilizó tomografía computarizada (TAC), una herramienta que permite observar el interior del hueso sin dañarlo. Los investigadores examinaron dos regiones del fémur: el cuello femoral y la diáfisis media, comparando variables como el área cortical, el área medular y el tamaño total del hueso.

Además, combinaron distintos métodos para determinar la edad biológica y el sexo de los individuos. En adolescentes y adultos utilizaron rasgos esqueléticos, mientras que en individuos más jóvenes recurrieron al análisis de proteínas del esmalte dental, específicamente amelogenina.

Los resultados mostraron patrones distintos entre hombres y mujeres. En las adolescentes y mujeres adultas aparecieron señales compatibles con una reorganización interna del hueso vinculada al desarrollo reproductivo femenino. Sin embargo, los investigadores señalan que este proceso no ocurre de forma uniforme ni puede interpretarse como un marcador exacto de la primera menstruación.

Una ventana hacia la adolescencia femenina en el pasado

Según el estudio, la expresión de estos cambios depende de múltiples factores, entre ellos la nutrición, la actividad física, el estado de salud y las condiciones de vida. Por ello, no existen valores universales que permitan determinar una edad específica de menarquia en todas las poblaciones.

Restos óseos menarquía. Créditos UBU.

Aun así, el hallazgo abre nuevas posibilidades para estudiar la adolescencia femenina en contextos históricos y arqueológicos, un periodo del desarrollo humano que rara vez deja evidencias claras en el registro bioarqueológico.

La investigación también aporta información relevante para comprender la salud ósea a largo plazo. La adolescencia es una etapa crítica para alcanzar el pico de masa ósea, y alteraciones en este proceso pueden influir posteriormente en el riesgo de osteoporosis y fracturas.

Más allá del aspecto biológico, los autores destacan que este tipo de estudios permite incorporar nuevas perspectivas sobre la experiencia femenina en el pasado, históricamente menos documentada que la masculina tanto en fuentes escritas como en investigaciones biomédicas.

Una memoria biológica escondida en el esqueleto

Las investigadoras concluyen que el esqueleto conserva información mucho más compleja de lo que tradicionalmente se pensaba. Aunque todavía será necesario ampliar los estudios a otras poblaciones y regiones anatómicas, los resultados muestran que algunos procesos asociados a la pubertad femenina pueden dejar señales detectables siglos después.

En otras palabras, los huesos no solo registran enfermedades, lesiones o envejecimiento. También pueden guardar memoria de momentos decisivos en la vida humana.

Referencia

Tracking adolescent bone remodeling through sex‐specific femoral cross‐sectional changes — Muñoz-Guarinos, J.; Rodríguez, L.; Carretero, J.; del Nogal Sánchez, M.; Ferreira, A.; Pérez-Pavón, J.-L.; García-González, R. DOI:10.1002/ar.70083

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