Una investigación de la Universidad de Chile revisó la evidencia científica sobre la minería en aguas profundas y concluyó que, pese a su potencial para abastecer minerales críticos, aún persisten importantes incertidumbres ambientales, sociales y regulatorias que impiden considerar su explotación comercial como una alternativa sostenible.
La creciente demanda mundial de minerales esenciales para baterías, vehículos eléctricos, redes eléctricas y energías renovables ha puesto la mirada sobre una nueva frontera extractiva: el fondo del océano. Sin embargo, un estudio liderado por investigadores de la Universidad de Chile advierte que la minería submarina todavía enfrenta importantes desafíos científicos y de gobernanza antes de convertirse en una opción viable para la transición energética.
El trabajo, publicado en la revista científica Minerals, fue encabezado por Fernanda Espínola, candidata a doctora en Ingeniería de Minas, junto a Luis Felipe Orellana y Emilio Castillo, del Departamento de Ingeniería de Minas y del Advanced Mining Technology Center de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas.
Una nueva fuente de minerales… con muchas preguntas abiertas
La investigación revisó el estado del conocimiento sobre la extracción de minerales desde grandes profundidades marinas, una actividad que ha despertado creciente interés debido a la presencia de depósitos ricos en metales estratégicos como manganeso, níquel, cobre, cobalto y tierras raras.
Estos elementos son fundamentales para fabricar baterías, motores eléctricos, turbinas eólicas y otros componentes indispensables para la descarbonización de la economía.
«Hoy existe una presión importante por asegurar el suministro de metales necesarios para la transición energética, la electromovilidad y las tecnologías limpias», explica Fernanda Espínola.
No obstante, la investigadora enfatiza que el potencial económico no puede analizarse de forma aislada.
«Más que entenderla solo como una nueva oportunidad minera, la minería submarina debe analizarse con cautela, porque todavía existen importantes incertidumbres ambientales, regulatorias y socioeconómicas».
Ecosistemas que tardan miles de años en recuperarse
Uno de los principales aportes del estudio es una clasificación sistemática de los impactos que podría generar esta actividad sobre los ecosistemas marinos profundos.
Los investigadores identifican efectos directos sobre la biodiversidad, como la destrucción de hábitats, contaminación acústica y lumínica, resuspensión de sedimentos, generación de plumas de descarga y liberación de sustancias potencialmente tóxicas.
A ello se suman alteraciones del propio fondo marino, incluyendo cambios en la estructura geológica, modificaciones geoquímicas, liberación de carbono almacenado y perturbaciones térmicas.
Según Espínola, el principal desafío radica en que estos ambientes permanecen relativamente inalterados desde hace miles o incluso millones de años y albergan organismos cuya capacidad de recuperación aún es poco conocida.
«Estamos hablando de intervenir ecosistemas de profundidad que han permanecido relativamente estables durante miles o incluso millones de años, y de los cuales todavía sabemos poco».
La autora agrega que el problema no es únicamente el impacto inmediato de las operaciones, sino los efectos acumulativos y de largo plazo sobre ecosistemas cuya regeneración puede requerir siglos o incluso milenios.
Ciencia antes que explotación
El debate internacional sobre la minería submarina se ha intensificado en los últimos años. Mientras algunos países y empresas consideran esta actividad como una posible solución para asegurar el suministro de minerales críticos, parte de la comunidad científica ha solicitado aplicar el principio precautorio hasta contar con mayor evidencia.
En este contexto, el estudio concluye que aún existen importantes vacíos de conocimiento, especialmente respecto de los impactos acumulativos, la recuperación de los ecosistemas profundos y las consecuencias sociales y económicas de esta industria emergente.
Los autores proponen fortalecer primero la investigación científica, los programas de monitoreo ambiental, los estándares regulatorios y los mecanismos internacionales de gobernanza antes de avanzar hacia una explotación comercial.
¿Qué significa este escenario para Chile?
Como uno de los principales productores mundiales de cobre, Chile observa este debate desde una posición estratégica. Si bien existen antecedentes que sugieren potencial geológico de recursos minerales en áreas asociadas a la Zona Económica Exclusiva del país, la investigadora advierte que ello no implica una posibilidad de explotación en el corto plazo.
«Una cosa es que exista potencial geológico y otra muy distinta es que exista una alternativa real de explotación en el corto plazo».
Por ello, sostiene que Chile debería fortalecer la investigación sobre estos ecosistemas y participar activamente en las discusiones internacionales desde una perspectiva científica, ambiental y de largo plazo.
«No lo vería solo como una amenaza ni como una oportunidad inmediata. Chile debería estudiar más este tema y participar activamente en la discusión internacional con investigación científica, evaluación ambiental y una mirada estratégica de largo plazo».
Si bien la transición energética demanda cada vez más minerales críticos, el estudio demuestra que el desafío no consiste únicamente en obtener nuevos recursos, sino en garantizar que su extracción sea compatible con la conservación de algunos de los ecosistemas menos conocidos y más frágiles del planeta.
«No necesariamente hay que verlo como una prohibición definitiva, sino como una forma de que, antes de intervenir ecosistemas que conocemos poco y que pueden tener una recuperación muy lenta, necesitamos mayor certeza científica y una regulación mucho más robusta», sostiene la investigadora.
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