Chile premiado, pero indeciso: el turismo como la oportunidad que aún no asumimos

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Foto: Getty Images

Por Claudio Pérez Anabalón, Director UMBRÆ Studio
Consultor en innovación y emprendimiento de impacto

Premios que reconocen lo que Chile aún no decide ser

En los últimos años, Chile se ha acostumbrado a recibir reconocimientos
internacionales que lo posicionan como uno de los destinos turísticos más
atractivos del planeta. Premios de distintas organizaciones especializadas han
destacado de manera reiterada su geografía única, la diversidad de sus
ecosistemas, la calidad de sus cielos, la singularidad de sus paisajes y la riqueza
cultural de sus territorios. No se trata de un hecho aislado, sino de una constante
que parece confirmar algo que desde fuera se observa con bastante claridad: Chile posee condiciones excepcionales para consolidarse como una potencia mundial en Turismo de Intereses Especiales.

Sin embargo, estos reconocimientos también invitan a una reflexión más profunda
que va más allá de la celebración. Porque si el mundo parece tener claridad sobre
el valor estratégico de los activos naturales y culturales del país, la pregunta
relevante es hasta qué punto Chile ha logrado traducir ese reconocimiento en una
visión estratégica de desarrollo económico sostenible. En otras palabras, si estos
premios representan solamente un logro reputacional o si realmente están siendo
comprendidos como una señal de hacia dónde podrían orientarse, con mayor
decisión, las apuestas productivas del país.

Este artículo busca precisamente continuar una reflexión que se vuelve cada vez
más necesaria: la distancia que existe entre el potencial turístico que Chile posee
y la forma en que ese potencial está siendo integrado —o no— dentro de una
estrategia de desarrollo económico coherente con los desafíos del siglo XXI. Más
que discutir el mérito de los premios, lo que interesa es analizar lo que ellos
revelan: una oportunidad país que aún parece estar en proceso de ser plenamente comprendida.

Porque si Chile ha sido reconocido reiteradamente como un destino turístico de
clase mundial, la discusión que comienza a volverse inevitable no es si el país
tiene las condiciones para serlo, sino si existe la voluntad estratégica de convertir
ese reconocimiento en una política de desarrollo territorial, económico y cultural
de largo plazo. Una conversación que necesariamente conecta con temas más
amplios como la diversificación productiva, la sostenibilidad multidimensional, la
distribución del ingreso, la protección del patrimonio natural y cultural, y la forma
en que el país decide proyectar su identidad económica hacia el futuro.

Más que un diagnóstico cerrado, este texto propone una invitación: mirar el
turismo no solo como una industria más, sino como una posible expresión de una
economía más coherente con aquello que Chile ya es. Porque quizás la pregunta
más importante no sea cuántos premios más puede recibir el país, sino qué tan
preparado está para entender lo que esos premios realmente están diciendo.

Chile gana premios de turismo… mientras sigue sin entender lo que tiene

Hay algo profundamente contradictorio —y quizás también profundamente
humano— en la relación que Chile mantiene con su propio potencial turístico.
Cada cierto tiempo el país recibe nuevos reconocimientos internacionales que
destacan su geografía, su biodiversidad, sus paisajes extremos y su singularidad
territorial. Esta vez, Chile ha sido distinguido como Mejor Destino Internacional en
los Forbes Travel Awards 2026. Sin embargo, más allá del legítimo orgullo que
estos premios pueden generar, resulta inevitable hacerse una pregunta más
incómoda que celebratoria: ¿por qué estos reconocimientos no logran traducirse
en una transformación estructural de la manera en que el país entiende y
desarrolla su industria turística?

La paradoja es evidente. Mientras el mundo parece tener claridad sobre el valor
estratégico de los territorios chilenos, Chile aún parece mirarlos con cierta
indiferencia, como si no terminara de creer en aquello que posee. Existen países
que han construido industrias completas a partir de activos naturales mucho más
modestos que los nuestros, mientras Chile continúa tratando al turismo como un
sector secundario dentro de su matriz productiva. No se trata de una falta de
recursos ni de oportunidades, sino más bien de una dificultad para comprender
que el verdadero valor económico del siglo XXI ya no está únicamente en la
extracción de materias primas, sino también en la capacidad de generar
experiencias significativas, sostenibles y distribuidas territorialmente.

El Turismo de Intereses Especiales representa precisamente esa oportunidad. A
diferencia de los modelos tradicionales de turismo masivo, este tipo de desarrollo
se basa en experiencias profundas vinculadas a la naturaleza, la cultura, la ciencia, la educación y el bienestar. Su impacto económico no se concentra únicamente en grandes operadores, sino que se distribuye a lo largo de toda la cadena de valor territorial, desde agencias internacionales hasta pequeños proveedores locales, guías especializados, comunidades rurales, transportistas, productores y familias que encuentran en esta actividad una fuente de ingresos digna y sostenible. Pocas industrias logran generar este nivel de capilaridad económica con un impacto ambiental comparativamente menor y con una capacidad tan significativa de fortalecer economías locales.

Sin embargo, el problema parece ser menos técnico que cultural. Chile continúa
operando muchas veces bajo una lógica de desarrollo que privilegia el corto plazo
por sobre la inteligencia estratégica de largo plazo, permitiendo tensiones sobre
los mismos ecosistemas que constituyen su principal ventaja comparativa. Esta
contradicción no es solamente ambiental o económica; es también una
contradicción ética y, en cierto sentido, existencial. Porque cuando un país
promueve su naturaleza como parte de su identidad internacional pero
simultáneamente permite su deterioro, lo que emerge no es solo una
inconsistencia de políticas públicas, sino una forma de incoherencia colectiva que
recuerda aquella tensión humana descrita tantas veces por la literatura: saber lo
que tiene valor y, aun así, actuar como si no lo tuviera.

El mundo, por su parte, parece avanzar en otra dirección. Las tendencias globales
muestran un crecimiento sostenido de las economías de experiencia, del turismo
de bienestar, del turismo científico y del turismo regenerativo, impulsadas por
transformaciones profundas en la forma en que las personas buscan sentido,
salud mental, conexión con la naturaleza y experiencias transformadoras. En ese
contexto, Chile no necesita reinventarse para participar de esta transición; ya
posee las condiciones naturales, culturales y geográficas para convertirse en un
referente global. Lo que falta no es potencial, sino decisión.

Quizás la pregunta más relevante no sea cuántos premios más puede recibir Chile, sino si será capaz de comprender a tiempo lo que esos premios realmente
significan. Porque más que un reconocimiento, cada uno de ellos parece ser
también una advertencia silenciosa: el mundo ya entendió el valor de estos
territorios. La incógnita pendiente es si Chile logrará entenderlos con la misma
profundidad antes de que la oportunidad histórica de convertir el turismo en una
verdadera estrategia de desarrollo territorial sostenible termine diluyéndose entre
decisiones que, una vez más, privilegien lo inmediato por sobre lo
verdaderamente importante.

La paradoja de las materias primas: cuando no vemos las más valiosas

Existe una contradicción silenciosa en la forma en que Chile entiende su propia
economía, una paradoja que resulta casi filosófica cuando se observa con cierta
distancia. Durante décadas, el país ha estructurado su matriz productiva sobre la
explotación de materias primas: cobre, celulosa, salmones, litio, fruta fresca.
Recursos que, en muchos casos, ni siquiera procesamos de manera significativa
antes de exportarlos, evidenciando además la ausencia de una estrategia
industrial robusta que permita capturar mayor valor agregado. Hemos aceptado,
casi como una verdad incuestionable, que nuestra vocación económica está en la
extracción.

Pero si Chile ha decidido —explícita o implícitamente— que su camino económico
está vinculado a sus materias primas, surge entonces una pregunta que parece tan simple que incomoda: ¿por qué no consideramos como nuestras materias primas más valiosas precisamente aquellas que constituyen nuestro patrimonio natural y cultural?

¿Por qué no vemos en nuestros paisajes, nuestros ecosistemas, nuestras culturas
territoriales y nuestra geografía extrema una forma de riqueza primaria tan
legítima como el cobre o el litio? ¿Por qué seguimos pensando que una materia
prima solo tiene valor cuando puede ser extraída físicamente, transportada en
toneladas y transada como commodity, pero no cuando puede generar
experiencias, conocimiento, identidad y economías territoriales sostenibles?

Tal vez el problema sea conceptual. Durante mucho tiempo hemos asociado la
idea de materia prima a aquello que se agota cuando se explota, pero el turismo
de intereses especiales nos muestra una lógica distinta: existen materias primas
que, bien gestionadas, no se destruyen cuando generan valor, sino que incluso
pueden fortalecerse. Un ecosistema protegido puede generar ingresos de manera
indefinida. Un territorio culturalmente activo puede multiplicar su valor con el
tiempo. Un paisaje conservado puede convertirse en una fuente permanente de
desarrollo local.

En ese sentido, Chile parece estar sentado sobre una forma de riqueza que aún no reconoce completamente como tal. Como si fuéramos expertos en identificar el
valor de aquello que puede ser removido del territorio, pero aún estuviéramos
aprendiendo a valorar aquello que precisamente tiene valor porque permanece en
él.

Quizás la verdadera discusión pendiente no sea si Chile debe abandonar su
economía de materias primas, sino si es capaz de ampliar su definición de lo que
una materia prima realmente es. Porque si el país ya decidió que su riqueza está
en su base natural, tal vez el paso evolutivo que falta no es cambiar de vocación
económica, sino comprender que las materias primas más sofisticadas del siglo
XXI no siempre se exportan en barcos: a veces se experimentan caminando un
sendero, observando un cielo prístino o comprendiendo una cultura viva.
Y tal vez, solo tal vez, el día que Chile entienda eso, comenzará a dejar de
subestimar la forma más inteligente y sostenible de riqueza que siempre ha
tenido frente a sus ojos.

La pregunta incómoda: cuando el desarrollo también es una decisión
de poder

Existe otra pregunta que rara vez se formula de manera abierta en la discusión
sobre el desarrollo del turismo en Chile. No aparece en los seminarios técnicos ni
suele ser parte de los diagnósticos oficiales, pero está presente en muchas
conversaciones informales dentro del propio mundo del desarrollo territorial: si el
turismo tiene tanto potencial, si la evidencia internacional muestra su crecimiento
sostenido, si Chile tiene ventajas comparativas evidentes, ¿por qué entonces no
ocupa un lugar central en la estrategia económica del país?

No existen respuestas simples ni, probablemente, pruebas concluyentes que
permitan afirmarlo de manera categórica. Pero sí existe una intuición que muchos
actores del mundo territorial, académico y emprendedor comparten en voz baja:
las economías no se desarrollan únicamente en función de su potencial técnico,
sino también en función de dónde están concentrados los intereses económicos
con mayor capacidad de influencia.

Chile ha construido históricamente su estructura económica en torno a sectores
altamente concentrados: minería, forestal, agroindustria, pesca industrial, energía.
Sectores que, más allá de sus aportes indiscutibles al crecimiento económico,
también comparten una característica estructural: altos niveles de concentración
de capital y actores con capacidad real de incidencia en la toma de decisiones
estratégicas del país. No es un fenómeno exclusivamente chileno; es parte de
cómo operan las economías modernas.

El turismo, en cambio, posee una naturaleza distinta. Es una industria
fragmentada, distribuida, compuesta por miles de pequeñas y medianas
iniciativas, emprendimientos locales, operadores regionales, comunidades
organizadas y redes de servicios que, en conjunto, pueden generar un impacto
económico significativo, pero que individualmente tienen menor capacidad de
influencia estructural. Es una industria poderosa en términos agregados, pero
atomizada en su representación.

Tal vez ahí se encuentra una parte de la explicación que rara vez se discute con
suficiente profundidad: el turismo puede ser una de las industrias más
democráticas desde el punto de vista económico, precisamente porque distribuye
valor en muchos actores. Y esa misma característica, que desde una perspectiva
de desarrollo territorial es una virtud, desde la lógica del poder económico
también puede transformarse en una desventaja comparativa frente a sectores
más concentrados y mejor articulados en su capacidad de incidencia.

Esto no implica necesariamente la existencia de una decisión explícita en contra
del turismo. A veces los procesos son más sutiles. A veces lo que ocurre no es una oposición directa, sino algo más silencioso: la priorización natural de aquellos
sectores que tienen mayor capacidad de organización, mayor tradición de
influencia y mayor peso histórico en la estructura económica.

Pero si Chile quiere realmente abrir una conversación madura sobre su futuro
productivo, tal vez sea necesario comenzar a hacerse esta pregunta con
honestidad: ¿qué tipo de economía queremos fortalecer? ¿Una donde el valor se
concentre cada vez más, o una donde el desarrollo pueda distribuirse
territorialmente y generar oportunidades en múltiples escalas?

Porque en el fondo, el desarrollo nunca es solo una cuestión técnica.
Siempre es también una decisión política, económica y, sobre todo, ética.
Y quizás el verdadero debate pendiente sobre el turismo en Chile no sea si tiene
potencial —porque eso parece cada vez menos discutible— sino si existe la
voluntad real de convertirlo en un pilar estratégico de desarrollo, aun cuando eso
implique reequilibrar las prioridades tradicionales de la economía.

No siempre gana quien extrae más, sino quien sabe transformar mejor
Cuando se habla de las ventajas competitivas de Chile, suele repetirse casi como
un mantra que somos un país rico en materias primas. Y es cierto. Nuestra
geografía y nuestra historia económica han estado profundamente ligadas a la
extracción de recursos naturales. Pero existe una pregunta que rara vez se formula con suficiente honestidad: si nuestra economía se basa en extraer materias primas sin procesarlas significativamente, ¿podemos realmente considerarnos ganadores en ese mercado?

Porque en cualquier análisis económico serio, el verdadero valor no suele estar en
la extracción, sino en la transformación. Los países que han logrado mayores
niveles de desarrollo no son necesariamente aquellos que poseen más recursos
naturales, sino aquellos que han sido capaces de agregar valor a esos recursos
mediante conocimiento, tecnología, industria y sofisticación productiva. Extraer
sin transformar es, en muchos casos, quedarse en el primer eslabón de la cadena
de valor.

Desde esa perspectiva, la verdadera pregunta no es si Chile tiene recursos, sino si ha sido capaz de convertirlos en desarrollo sostenible. Y ahí la respuesta se vuelve más incómoda. Porque incluso dentro de un modelo basado en materias primas, existe una diferencia fundamental entre simplemente extraer y hacerlo de manera sostenible, procesando esos recursos, generando industrias asociadas,
desarrollando tecnología, formando capital humano y construyendo economías
aguas abajo que permitan capturar mayor valor y distribuirlo de mejor manera.

Eso implicaría no solo crecimiento económico, sino también inteligencia
estratégica.

Pero ese no ha sido, en general, el camino predominante.
Porque cuando el desarrollo de una industria genera impactos ambientales que
luego deben ser compensados con gasto público en salud, mitigación o reparación territorial, resulta legítimo preguntarse si ese modelo realmente está generando riqueza o simplemente trasladando costos hacia otras dimensiones de la sociedad. Cuando la contaminación de suelos o aguas termina teniendo efectos
sanitarios que aumentan la carga sobre los sistemas de salud, la ecuación
económica deja de ser tan clara como a veces se presenta en los balances
sectoriales.

Lo mismo puede observarse en distintas escalas en la agricultura intensiva, en
ciertos modelos forestales o en otras actividades donde la pregunta por la
sostenibilidad multidimensional —ambiental, social, económica y sanitaria— aún
parece estar en construcción.

Tal vez el problema no sea la existencia de estas industrias. Todas las economías
necesitan producir. El problema es la ausencia de una mirada sistémica que
permita preguntarse qué significa realmente “ganar” en desarrollo.

¿Gana un país cuando aumenta sus exportaciones, aunque eso implique
deteriorar sus sistemas naturales?

¿Gana un país cuando aumenta su PIB, pero mantiene altos niveles de
desigualdad?

¿Gana un país cuando crece económicamente, pero genera costos sociales y
ambientales que deberá pagar durante décadas?

O tal vez la verdadera victoria económica sea algo más complejo: construir
modelos productivos que puedan sostenerse en el tiempo sin deteriorar las
condiciones que los hacen posibles.

Ahí es donde la idea de sostenibilidad deja de ser un concepto declarativo y pasa
a ser un criterio real de competitividad futura. No solo porque el mundo lo exige
cada vez más desde los mercados internacionales, sino porque cualquier
economía que no sea capaz de sostener sus propias bases naturales y sociales
termina, inevitablemente, debilitando su propio futuro.

Y quizás ahí también aparece una de las mayores oportunidades del turismo de
intereses especiales. No porque sea una industria perfecta ni porque reemplace a
otras, sino porque introduce una lógica distinta: la posibilidad de generar valor
económico a partir de conservar, interpretar y proyectar el territorio, en lugar de
degradarlo como condición de producción.

Tal vez Chile no necesita dejar de ser un país de materias primas.

Tal vez lo que necesita es evolucionar hacia ser un país que entienda que sus
materias primas más valiosas no son aquellas que se agotan cuando se extraen,
sino aquellas que pueden generar valor precisamente porque se mantienen vivas.

Y cuando ese cambio de mirada ocurra, tal vez recién ahí podremos comenzar a
hablar de lo que significa realmente ganar como país.

Cuando el turismo demuestra que conservar puede ser mejor negocio
que destruir

A pesar de las contradicciones estructurales que aún existen, Chile también ofrece
ejemplos esperanzadores de cómo el Turismo de Intereses Especiales puede
transformar la relación entre economía, naturaleza y cultura. No se trata de teorías
ni de promesas futuras, sino de experiencias reales que demuestran que cuando
el patrimonio natural y cultural se pone en valor de manera inteligente, el
resultado puede ser una economía más sostenible, más distribuida y más
coherente con los territorios.

Uno de los casos más emblemáticos es el de Cerro Guido, en la Patagonia chilena, donde un cambio de paradigma ha permitido transformar un conflicto histórico entre ganadería y fauna silvestre en una oportunidad económica basada en la conservación. Durante décadas, la presencia del puma fue vista como una
amenaza directa a la actividad ganadera, lo que derivaba muchas veces en su caza como mecanismo de protección del ganado. Sin embargo, el desarrollo de
iniciativas de turismo de observación de fauna ha demostrado algo
extraordinariamente simple y poderoso: un puma vivo puede generar mucho más
valor económico que uno muerto. Hoy, la presencia de estos animales no solo se
tolera, sino que se protege activamente, porque se ha convertido en un activo
estratégico para un turismo de naturaleza de alto valor internacional. La
conservación dejó de ser un discurso para transformarse en un modelo económico viable.

Algo similar ocurre con el turismo de avistamiento de ballenas en la Región de
Coquimbo, donde comunidades locales y operadores turísticos han desarrollado
experiencias en torno a la observación responsable de cetáceos, generando
ingresos a partir del respeto por los ecosistemas marinos. En el extremo austral, el avistamiento de pingüinos en la zona de Punta Arenas y el Estrecho de Magallanes muestra cómo la biodiversidad puede convertirse en una base de desarrollo local cuando existe una gestión adecuada y una comprensión de largo plazo sobre el valor de estos ecosistemas.

El astroturismo representa otro ejemplo notable de cómo Chile ha sabido
posicionar un activo único a nivel mundial: sus cielos. Las condiciones
atmosféricas del norte del país han permitido no solo el desarrollo de la
astronomía científica más avanzada del planeta, sino también una creciente
industria turística asociada a la observación del cosmos. Sin embargo, este mismo
ejemplo revela también las tensiones existentes cuando decisiones territoriales
no consideran plenamente estos activos estratégicos. Las recientes modificaciones regulatorias que han generado preocupación en la comunidad astronómica y turística evidencian lo frágil que puede ser este posicionamiento si no existe una visión de protección de largo plazo.

Pero el patrimonio chileno no es solo natural. También es profundamente cultural.
A lo largo del país, diversas iniciativas impulsadas por comunidades indígenas y
por organizaciones vinculadas a la cultura campesina han comenzado a
desarrollar formas de turismo que no solo generan ingresos, sino que también
permiten preservar saberes, tradiciones y formas de vida que constituyen una
parte esencial de la identidad del país. Desde experiencias de turismo
comunitario en territorios mapuche hasta rutas patrimoniales campesinas, estas
iniciativas demuestran que el turismo también puede ser una herramienta de
fortalecimiento cultural y no solo una actividad económica.

Un caso particularmente interesante —y aún insuficientemente visibilizado a nivel
nacional— es lo que está ocurriendo en San Vicente de Tagua Tagua, donde el
patrimonio paleontológico y arqueológico ha comenzado a transformarse en un
eje de desarrollo territorial gracias al trabajo articulado de organizaciones de la
sociedad civil, investigadores y comunidades locales. Los hallazgos de gonfoterios, junto con evidencias de presencia humana de miles de años de antigüedad, han convertido este territorio en un verdadero laboratorio natural para la comprensión del poblamiento temprano de Sudamérica y de los ecosistemas del Pleistoceno.

Lo más notable de este proceso no es solo el valor científico de los
descubrimientos, sino la manera en que se ha ido construyendo un tejido social
en torno a este patrimonio. Organizaciones locales han logrado convocar a
universidades chilenas y extranjeras, atraer investigadores internacionales y
comenzar a posicionar el territorio como un polo de interés científico y educativo.

Paralelamente, han comenzado a surgir experiencias de turismo paleontológico y
arqueológico que permiten acercar este conocimiento a la ciudadanía,
demostrando que la ciencia también puede ser una puerta de entrada al
desarrollo económico local cuando se conecta con educación y turismo.

Sin embargo, el potencial de este territorio sigue estando subdesarrollado en
relación con lo que podría llegar a ser. Experiencias internacionales muestran que
destinos con patrimonios paleontológicos comparables han logrado consolidar
parques científicos, centros de interpretación, rutas educativas y ecosistemas de
turismo científico que generan identidad territorial y desarrollo económico
sostenido. San Vicente de Tagua Tagua representa, en ese sentido, no solo un buen ejemplo, sino también una demostración concreta de cuánto potencial aún no aprovechado existe en Chile cuando el conocimiento, la comunidad y el territorio se articulan.

Todos estos casos comparten un mismo principio: cuando el patrimonio se
entiende como un activo estratégico y no como un obstáculo para el desarrollo,
aparecen modelos económicos capaces de generar valor sin destruir aquello que
los hace posibles. No son utopías. Son experiencias concretas que ya están
ocurriendo en Chile y que demuestran que el país no necesita inventar nuevas
ventajas competitivas; necesita aprender a escalar las que ya ha comenzado a
construir.

Quizás el aprendizaje más relevante de estos ejemplos es que el turismo de
intereses especiales no es solo una industria. Es una forma distinta de
relacionarse con el territorio. Una forma donde la conservación deja de ser un
costo y pasa a ser una inversión. Donde la cultura deja de ser folclor y pasa a ser
identidad económica. Y donde la naturaleza deja de ser un recurso a explotar para
convertirse en un patrimonio a proyectar.

La incoherencia económica: destruir aquello que genera el valor

Si la discusión sobre el turismo en Chile quiere ser realmente honesta, tal vez
deba comenzar por una pregunta aún más esencial: ¿qué tan racional es un
modelo económico que deteriora las mismas bases naturales sobre las cuales
construye su propia riqueza?

En distintas conversaciones sobre desarrollo territorial, el urbanista Alfredo Stein
Jounis ha planteado una reflexión tan simple como devastadora en sus
implicancias: resulta difícil considerar verdaderamente inteligente un modelo
económico que erosiona o degrada las materias primas de las cuales depende.
Porque, llevado a su esencia más básica, cualquier economía basada en recursos
naturales debería tener como principio elemental la protección de esos mismos
recursos.

Si Chile es, como tantas veces se afirma, una economía basada en materias
primas, entonces resulta inevitable reconocer una verdad incómoda:
prácticamente todos sus sectores estratégicos dependen directa o indirectamente
de la naturaleza. La minería depende de los territorios. La agricultura depende del
suelo y del agua. La industria forestal depende de los ecosistemas. La pesca
depende de la salud de los océanos. Incluso la energía depende de los equilibrios
ambientales que muchas veces tensiona.

Entonces la pregunta deja de ser ambiental y pasa a ser económica: ¿qué buen
negocio puede ser aquel que compromete las condiciones futuras de aquello que
le permite existir?

Desde esa perspectiva, la protección de la naturaleza deja de ser un gesto
romántico o ideológico y pasa a ser, simplemente, una condición básica de
inteligencia económica. Cuidar la base natural no es solo un imperativo ético; es
una condición de sostenibilidad productiva.

Y lo mismo ocurre con la cultura.

Porque Chile no solo posee una base natural extraordinaria. Posee también una
riqueza cultural territorial profunda, muchas veces subestimada en su potencial
económico, pero esencial en la construcción de identidad, diferenciación y valor
país. Si los países más exitosos en turismo han entendido algo, es que no basta
con tener paisajes; es necesario comprender quiénes somos en esos paisajes.
Tal vez ahí reside una de las claves que Chile aún no termina de asumir: el
desarrollo más sofisticado no consiste únicamente en decidir qué producimos,
sino en decidir desde qué identidad producimos.

Primero definir qué somos.

Luego definir qué hacemos.

En esa lógica, el Turismo de Intereses Especiales ofrece algo que pocas industrias pueden ofrecer simultáneamente: la posibilidad de articular naturaleza, cultura, ciencia, educación, deporte, bienestar, exploración y conocimiento en una misma plataforma económica. Es una industria que no obliga a elegir una sola vocación productiva, sino que permite que múltiples vocaciones convivan.

Permite que haya un espacio para el científico y para el guía local. Para el
emprendedor tecnológico y para la comunidad rural. Para el deportista de
montaña y para el artesano. Para la educación y para la conservación. Para la
experiencia personal y para el desarrollo territorial.

En otras palabras, permite construir una economía donde muchos puedan
encontrar su propio “qué”, en lugar de una economía donde solo algunos pocos
definan el “cómo”.

Quizás por eso mismo el turismo de intereses especiales representa algo más que
una oportunidad sectorial. Representa una posibilidad de evolución económica.
La posibilidad de pasar de una economía que simplemente utiliza el territorio a
una economía que lo comprende, lo interpreta y lo proyecta.

Y tal vez el mayor cambio pendiente no sea económico, sino mental.

Porque Chile no necesita más premios para ser un destino extraordinario. Lo es.
No necesita validación externa para entender el valor de su geografía, su
naturaleza o su cultura.

Lo que necesita es algo mucho más difícil que ganar un reconocimiento
internacional:
Creerlo internamente.

Entender que su mayor riqueza no está solamente en lo que puede extraer, sino
en lo que puede conservar, interpretar y compartir con el mundo.

Y quizás el día que Chile logre integrar esa mirada, el país no necesitará que
ninguna revista internacional le diga que es uno de los mejores destinos turísticos
del planeta.

Simplemente lo será.

Porque habrá decidido serlo

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