Por: Miguel Allende, académico Facultad de Ciencias. UChile y Milena Murillo, Directora de comunicaciones IM-CRG
Cada 5 de junio el debate ambiental gira en torno a cambio climático, reciclaje, emisiones de carbono y áreas protegidas. Son conversaciones necesarias, pero incompletas. Porque la conservación de la naturaleza no comienza cuando una especie entra en peligro ni cuando se publica un nuevo estudio. Comienza antes, y ocurre en un lugar que rara vez asociamos con el medio ambiente: la sala de clases.
Vivimos una época de desafíos ambientales sin precedentes y de sobreabundancia informativa, donde datos científicos y desinformación circulan con la misma velocidad. En ese escenario, la educación científica deja de ser un elemento del currículo para convertirse en una herramienta democrática. Una ciudadanía capaz de leer evidencia, evaluar información y comprender fenómenos complejos está mejor preparada para participar en las decisiones que definirán nuestro futuro.
Chile tiene una responsabilidad particular en esta discusión. Nuestro país es uno de los laboratorios naturales más extraordinarios del planeta: ecosistemas únicos, especies endémicas y condiciones que permiten estudiar procesos evolutivos y ecológicos de relevancia global. Además, el territorio es el epicentro de los procesos globales de cambio como la desertificación, la pérdida de glaciares y los cambios de distribución de especies. Pero ningún laboratorio natural es capaz de generar conocimiento por sí solo. Se necesitan personas, ciudadanos, capaces de observar, preguntar y comprender.
La pregunta relevante, entonces, no es cuántos investigadores estamos formando, sino qué tipo de ciudadanos estamos preparando.
La evidencia es clara: el aprendizaje activo y basado en la indagación (talleres prácticos, proyectos vinculados al territorio, trabajo colaborativo) genera una comprensión más profunda y duradera que la transmisión pasiva de contenidos. Cuando estas metodologías se articulan con el currículo escolar y con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la ciencia deja de ser una asignatura para convertirse en un lente para interpretar el mundo y un argumento para cambiarlo.
Las herramientas de la biología molecular y la genómica están ampliando radicalmente nuestra capacidad para entender la biodiversidad. Hoy podemos identificar poblaciones vulnerables, reconstruir historias evolutivas y diseñar estrategias de conservación con una precisión que hace dos décadas era impensable. Lo notable es que estas mismas herramientas pueden acercarse a las comunidades educativas. Cuando una estudiante extrae ADN por primera vez, o cuando un joven descubre que comparte información genética con todos los seres vivos, la ciencia deja de ser abstracta. Se convierte en una experiencia definitoria.
Estamos impulsando este tipo de transformación desde iniciativas como el Proyecto 1000 Genomas y el Centro de Regulación del Genoma: ciencia de frontera para los expertos y para el ciudadano, con especial énfasis en conectarla con las nuevas generaciones. Porque despertar preguntas en una sala de clases es también un acto de conservación.
No podemos proteger lo que no conocemos. Tampoco podemos esperar que las futuras generaciones defiendan un patrimonio natural cuyo valor nunca tuvieron oportunidad de comprender.
La protección de la biodiversidad comienza cuando una niña descubre que la naturaleza tiene una historia que contar. Cuando un estudiante entiende que la vida comparte un lenguaje escrito con las cuatro letras del ADN. Cuando la educación convierte la curiosidad en conocimiento y el conocimiento en un compromiso.
Invertir en educación científica es invertir en conservación. Es, también, invertir en democracia y empoderamiento ciudadano.
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