Por Claudia Razeto, directora Programa Caletas Sustentables de Fundación Chile.
Chile es un país especialmente expuesto a los efectos del cambio climático. El aumento de la temperatura del mar está alterando ecosistemas completos, afectando no solo a peces, moluscos y mamíferos marinos, sino también a las algas. Entre sus consecuencias más visibles están los desprendimientos masivos y posteriores varamientos en las costas, fenómenos que pueden reducir drásticamente la cobertura de estas especies y comprometer su capacidad de
recuperación.

Consciente de esta realidad, en 2022 Chile promulgó una ley para abordar el efecto de las marejadas atípicas, reconociendo sus impactos ecológicos, económicos y sociales, permitiendo regular y autorizar el aprovechamiento de estos recursos por parte de las comunidades costeras.
No es un asunto menor: durante 2024 el país desembarcó cerca de 440 mil toneladas de algas, de las cuales el 97% provino de praderas naturales y apenas un 3% de cultivos. La cifra evidencia la fuerte dependencia de ecosistemas silvestres y, por ende, la vulnerabilidad del sector frente a eventos climáticos extremos.
A nivel de producción, siguen exportándose como materia prima para luego regresar al país convertida en productos de mayor valor agregado, desde alimentos hasta cosméticos. En lo social, son recurso estratégico para miles de familias. Según el Registro Pesquero Artesanal, cerca de 70 mil personas dependen de esta actividad, en la que las mujeres constituyen una parte
fundamental de la fuerza laboral.
La pregunta entonces es evidente: ¿cómo avanzamos hacia una industria más resiliente y sofisticada? En un escenario de cambio climático, escalar el cultivo de algas aparece como una necesidad estratégica. No solo permitiría complementar la extracción desde bancos naturales y reducir la presión sobre los ecosistemas, sino también asegurar una oferta más estable, abrir oportunidades de innovación y desarrollar nuevos productos para industrias como la agrícola, alimentaria, cosmética y de carbono azul.
En tiempos de estrechez fiscal y bajo crecimiento económico, Chile debe volver a mirar al mar. Las algas pueden transformarse en un aliado para la sostenibilidad, el empleo y el desarrollo productivo. Un aliado que, en una nueva conmemoración del Día Mundial de los Océanos, sigue siendo más invisible de lo que debería.
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