Dr. Felipe Moreno-Gómez: “El ruido antropogénico puede interferir con una función vital para los anfibios: su comunicación”

0
74
Créditos José Luis Bartheld

Los anfibios viven inmersos en un paisaje sonoro compuesto por las vocalizaciones de otros organismos, sonidos provenientes de fenómenos naturales y, cada vez con mayor intensidad, ruidos generados por las actividades humanas. Carreteras, tránsito vehicular, maquinaria pesada y faenas de construcción pueden modificar este paisaje y alterar procesos fundamentales para estas especies.

La contaminación acústica no siempre resulta evidente cuando se observa un ecosistema. Sin embargo, para animales que dependen de las señales sonoras para comunicarse, reproducirse y responder a su entorno, un cambio en las condiciones acústicas puede tener consecuencias ecológicas relevantes.

Comprender cómo los anfibios perciben los sonidos es, por ello, un primer paso para dimensionar este problema. Los audiogramas permiten identificar las frecuencias que estos animales pueden escuchar y los niveles mínimos de sonido que son capaces de detectar. Al comparar esta información con las frecuencias de sus vocalizaciones y con las características del ruido producido por las actividades humanas, es posible determinar cuándo una fuente sonora puede interferir con funciones biológicas esenciales.

El Dr. Felipe Moreno-Gómez, es académico de la Facultad de Ciencias Básicas de la Universidad Católica del Maule (UCM), además dirige el Laboratorio de Ecología y Bioacústica en la misma casa de estudios, lugar desde el que investiga la sensibilidad auditiva de los anfibios y las posibles consecuencias de la exposición al ruido antropogénico, incluyendo la efectividad de medidas de mitigación como las barreras acústicas.

En esta entrevista, explica por qué los anfibios escuchan de una manera diferente a los seres humanos, cómo el ruido puede interferir con su comunicación y comportamiento, y qué desafíos plantea este conocimiento para las evaluaciones ambientales de proyectos que generan contaminación acústica.

¿Qué es un audiograma de un anfibio y qué nos revela sobre la manera en que estos animales perciben su entorno?

El audiograma de un anfibio es una representación gráfica de su curva de sensibilidad auditiva. Esta determina su rango de frecuencias audibles y los umbrales mínimos de audición, es decir, la intensidad sonora más baja necesaria para generar una respuesta neural en las distintas frecuencias del espectro sonoro.

El audiograma revela aspectos fundamentales sobre su biología sensorial, su relación con el ambiente y su sistema de comunicación. A diferencia de la mayoría de los vertebrados, cuyo audiograma suele tener una forma de “U”, los anfibios anuros presentan una curva con forma de “W”.

Esta particularidad responde a que cuentan con dos órganos auditivos especializados en el oído interno. Por una parte, está la papila anfibia, encargada de detectar principalmente frecuencias bajas, por debajo de los 0,5 kHz. Por otra, está la papila basilar, especializada en registrar frecuencias más altas, aproximadamente entre 1 y 2 kHz.

Esta doble sensibilidad tiene una estrecha relación con la ecología de los anuros. La comunicación acústica es vital, especialmente durante la reproducción. Los machos utilizan sus cantos de anuncio para atraer a las hembras y también para regular sus interacciones con otros machos.

Existe una correspondencia muy estrecha entre la zona de mayor sensibilidad auditiva de la papila basilar, entre 1 y 2 kHz, y las frecuencias dominantes de las vocalizaciones de cada especie. Esto significa que el sistema auditivo está particularmente adaptado para detectar con eficiencia los mensajes emitidos por individuos de su propia especie.

Dr. Felipe Moreno Gómez

Pero el audiograma también nos permite comprender cómo los anfibios perciben el paisaje sonoro que los rodea. Aunque generalmente no emiten señales acústicas en las frecuencias más bajas, su papila anfibia y determinadas vías de transmisión extratimpánicas, como la conducción ósea a nivel del suelo, les permiten detectar frecuencias inferiores a los 500 Hz.

Esto resulta especialmente relevante cuando analizamos el ruido antropogénico, porque gran parte de la energía acústica producida por maquinarias, vehículos y otras actividades humanas se concentra precisamente en las frecuencias bajas.

¿Qué ocurre cuando una carretera, una maquinaria o una faena de construcción introduce ruido en el hábitat de los anfibios?

El ruido antropogénico puede afectar a los anfibios a través de distintas vías. Una de las más importantes es el enmascaramiento acústico de sus señales reproductivas.

Los machos emiten cantos de anuncio para atraer a las hembras y regular las interacciones con otros machos. Estas señales presentan frecuencias dominantes que se encuentran, en muchos casos, en la zona de sensibilidad de la papila basilar, entre 1 y 2 kHz. Cuando el ruido producido por una actividad humana se superpone con esas frecuencias y alcanza niveles suficientes, puede dificultar que las hembras escuchen, localicen o discriminen adecuadamente a los machos.

Otra dimensión del problema, son las maquinarias y el tránsito que generan una importante cantidad de energía acústica en frecuencias bajas. Aunque los anfibios no suelen utilizar ese rango para sus vocalizaciones, sí pueden percibir intensamente esos sonidos gracias a su papila anfibia.

Por lo tanto, un ambiente ruidoso no necesariamente tiene que impedir directamente que un anfibio escuche el canto de otro para generar una alteración. La presencia constante de sonidos antropogénicos puede modificar la atención que los individuos deben dedicar a tareas biológicas fundamentales, como detectar depredadores, alimentarse, buscar refugio o interactuar con otros individuos.

Además, la exposición sostenida a niveles sonoros que superan sus umbrales auditivos puede activar respuestas fisiológicas de estrés, lo que puede tener consecuencias sobre el gasto energético, el comportamiento y otras funciones biológicas.

Los anfibios ya constituyen uno de los grupos de vertebrados más amenazados a nivel global. En los anuros, donde la comunicación acústica cumple un papel fundamental en la reproducción, cualquier alteración persistente de las condiciones que permiten comunicarse puede convertirse en una presión adicional para las poblaciones locales.

Por eso, el ruido no debería entenderse únicamente como una molestia para las personas. También puede constituir una forma de perturbación ambiental que modifica las condiciones en las que otras especies desarrollan funciones esenciales.

De acuerdo a su investigación, las barreras acústicas pueden reducir parte del ruido, pero no necesariamente proteger a los anfibios de las frecuencias bajas. ¿Por qué ocurre esto?

Este fenómeno se explica por una combinación entre la física de la propagación del sonido y la biología auditiva de los anfibios. Las barreras acústicas funcionan principalmente obstaculizando la propagación directa de las ondas sonoras. Las frecuencias altas tienen longitudes de onda más cortas y pueden ser bloqueadas o reflejadas con mayor eficacia por una barrera.

Créditos José Luis Bartheld

En cambio, las frecuencias bajas tienen longitudes de onda mucho más largas y se difractan con mayor facilidad sobre el borde de estas estructuras. Además, fuentes industriales como excavadoras, rodillos compactadores y motoniveladoras concentran una parte importante de su energía acústica precisamente en este rango. Esto adquiere especial importancia debido a la sensibilidad de la papila anfibia a las frecuencias inferiores a 0,5 kHz. A ello se suma que los anfibios se encuentran en contacto directo con el suelo o el agua, por lo que pueden recibir componentes acústicos y vibratorios a través de vías extratimpánicas.

En las simulaciones realizadas en el estudio, incluso con una barrera acústica y con cuatro maquinarias funcionando simultáneamente, el ruido se mantuvo por sobre los umbrales auditivos en las frecuencias bajas para cinco de las seis especies analizadas a las distintas distancias evaluadas.

Esto demuestra que una medida diseñada para disminuir el ruido no necesariamente tiene el mismo nivel de eficacia para todas las especies ni para todo el espectro de frecuencias. Por lo tanto, instalar barreras perimetrales convencionales no garantiza por sí solo la protección acústica de los anfibios. Una barrera puede reducir el ruido en determinadas frecuencias y distancias y, al mismo tiempo, permitir que persista una exposición significativa a las frecuencias bajas.

La planificación de proyectos de ingeniería y construcción debería considerar, entonces, la sensibilidad auditiva específica de las especies presentes en el territorio y no asumir que una medida eficaz para reducir el ruido percibido por las personas tendrá necesariamente el mismo efecto sobre los anfibios.

¿Qué debería cambiar en la manera en que evaluamos el impacto acústico sobre estas especies?

Las evaluaciones ambientales deberían incorporar de manera mucho más explícita la biología auditiva de los anfibios. Uno de los primeros aspectos que debemos considerar es cómo medimos el ruido. Las evaluaciones acústicas suelen utilizar ponderaciones de frecuencia A y C, desarrolladas a partir de la audición humana. El problema es que los seres humanos y los anfibios no percibimos el sonido de la misma manera.

En el caso de los anfibios, es importante considerar mediciones que representen adecuadamente todo el espectro sonoro, incluyendo las frecuencias bajas. Esto permitiría evitar que parte de la energía acústica a la que estos animales son sensibles quede subrepresentada. También es necesario revisar dónde se ubican los receptores utilizados en las simulaciones. Los modelos acústicos suelen establecer puntos de recepción a alturas determinadas para representar la exposición humana. Para evaluar la exposición de los anfibios, en cambio, resulta relevante considerar su posición real en el ambiente, a nivel del suelo o sobre la superficie de los cuerpos de agua. Además, el análisis no debería limitarse a determinar si el ruido coincide con las frecuencias de los cantos reproductivos. También debemos considerar la exposición a frecuencias bajas que los anfibios pueden percibir, aunque estas no formen parte de sus vocalizaciones.

En definitiva, las líneas de base y evaluaciones ambientales deberían integrar información fisiológica y bioacústica de las especies presentes en cada territorio. Esto permitiría establecer áreas de influencia y distancias críticas a partir de la sensibilidad real de las especies locales, en lugar de utilizar únicamente modelos generales basados en la percepción humana. Y creo que ese es uno de los principales desafíos: pasar de una evaluación del ruido centrada en cuánto afecta a las personas a una evaluación que también considere cómo lo perciben las especies que habitan el territorio.

Para los anfibios, el paisaje sonoro no es simplemente el lugar donde viven. Es parte del ambiente en el que buscan alimento, detectan amenazas, interactúan y, fundamentalmente, se reproducen. Si modificamos ese paisaje de manera permanente, podemos estar alterando funciones biológicas esenciales sin que necesariamente seamos capaces de observarlo a simple vista.

 

- Publicidad -