El origen humano del cambio climático: la evidencia científica, el consenso global y lo que ocurre en Chile

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Centroamérica es una de las zonas más vulnerables al cambio climático (FOTO: TEC).

Por Revista Ecociencias

El cambio climático y sus causas, es una discusión científica prácticamente resuelta.

Durante décadas, una pregunta marcó el debate público: ¿está cambiando realmente el clima de la Tierra y, si es así, somos los seres humanos responsables? Hoy, en 2026, la evidencia científica es contundente. El calentamiento global de origen humano constituye uno de los consensos más sólidos de la ciencia contemporánea.

Como señaló Mark Lynas, autor principal de uno de los estudios más amplios sobre consenso climático publicado en Environmental Research Letters: “el caso está prácticamente cerrado para cualquier conversación pública significativa sobre la realidad del cambio climático causado por el ser humano”.

Este consenso no surge de opiniones aisladas, sino de décadas de observaciones, modelos climáticos, mediciones atmosféricas y miles de investigaciones revisadas por pares en todo el mundo.

Del 97% al 99,9%: el consenso científico sobre el origen humano del calentamiento global

En 2013, un estudio liderado por John Cook ya mostraba que el 97% de los artículos científicos que expresaban una posición explícita sobre las causas del calentamiento global atribuían el fenómeno a la actividad humana.

Años después, en 2021, investigadores de la Cornell University, encabezados por Mark Lynas y Benjamin Houlton, analizaron 88.125 estudios científicos publicados entre 2012 y 2020 relacionados con cambio climático.

El resultado fue categórico al señalar que solo 28 estudios presentaban algún grado de escepticismo respecto al origen antropogénico del calentamiento global. Mientras que el consenso alcanzó el 99,9%.

Además, una encuesta realizada a 2.780 especialistas en ciencias de la Tierra reveló que el 98,7% coincidía en que el cambio climático es causado principalmente por actividades humanas. Entre los científicos con mayor experiencia y producción académica, el acuerdo llegó al 100%.

El Intergovernmental Panel on Climate Change, en su Sexto Informe de Evaluación (AR6), fue igualmente claro al afirmar: «La influencia humana ha calentado inequívocamente la atmósfera, el océano y la tierra».

Sin embargo, persiste una brecha entre la evidencia científica y la percepción pública. Diversas encuestas muestran que muchas personas aún subestiman el nivel de acuerdo existente entre especialistas climáticos.

Las evidencias físicas del cambio climático

El consenso científico se sustenta en múltiples líneas de evidencia independientes. La NASA documenta varios indicadores observables del calentamiento global. Entre ellas se encuentran el aumento de aproximadamente 1,1 °C en la temperatura media global desde finales del siglo XIX; el calentamiento sostenido de los océanos; la pérdida acelerada de hielo en Groenlandia y la Antártica; el retroceso de glaciares en prácticamente todos los continentes; la disminución de la cobertura de nieve en el hemisferio norte; la elevación del nivel del mar; la reducción del hielo marino en el Ártico; mayor frecuencia e intensidad de eventos extremos como olas de calor, sequías e inundaciones; y la acidificación de los océanos debido a la absorción de dióxido de carbono.

Uno de los datos más reveladores es la velocidad del cambio. Según la NASA, la tasa actual de aumento del CO₂ atmosférico debido a actividades humanas es aproximadamente 250 veces más rápida que el incremento natural ocurrido tras la última Edad de Hielo.

La evidencia acumulada durante décadas muestra que el sistema climático está respondiendo al aumento de gases de efecto invernadero generado principalmente por la quema de combustibles fósiles.

¿Cómo sabemos que el CO₂ proviene de actividades humanas?

La respuesta proviene de la química atmosférica y del análisis isotópico del carbono.

Los combustibles fósiles poseen una “firma” química particular, distinta al carbono presente en procesos naturales recientes. A medida que las concentraciones de CO₂ atmosférico han aumentado —desde aproximadamente 280 partes por millón en la era preindustrial hasta más de 420 ppm en la actualidad— también ha aumentado la proporción correspondiente a carbono fósil.

En otras palabras, la composición química de la atmósfera conserva una señal inequívoca de la combustión de carbón, petróleo y gas natural realizada por actividades humanas.

El trabajo del CR2 en Chile y el cambio climático

Mientras el consenso científico global se fortalece, en Chile el cambio climático ya se manifiesta de manera concreta y medible.

Uno de los principales referentes nacionales en investigación climática es el Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia, creado en 2013 con financiamiento FONDAP y con respaldo de ANID.

El CR2 reúne investigadores e investigadoras de diversas universidades y centros científicos del país para estudiar el sistema climático chileno y sus impactos sociales, ecológicos y económicos.

Entre sus principales líneas de investigación destacan Megasequía en Chile central; Incendios forestales; Contaminación atmosférica; Seguridad hídrica; Gobernanza climática; Riesgos socioambientales; e Impactos en ecosistemas terrestres y marinos.

Además, el centro desarrolló herramientas públicas como el Atlas Chileno de Riesgo Climático (ARClim) y ha participado en asesorías para políticas públicas y legislación climática.

La megasequía: uno de los mayores impactos climáticos en Chile

Uno de los fenómenos más estudiados por el CR2 es la llamada “megasequía” que afecta a Chile central desde 2010.

El territorio comprendido entre las regiones de Coquimbo y La Araucanía ha experimentado un déficit persistente de precipitaciones cercano al 30%, extendiéndose por más de una década y media en algunas zonas.

El estudio liderado por René Garreaud, publicado en International Journal of Climatology, describió este fenómeno como un evento sin precedentes en el registro instrumental moderno de Chile central.

Las investigaciones muestran que parte importante de esta sequía responde a variabilidad natural del clima, asociada al océano Pacífico. Sin embargo, diversos estudios también concluyen que el cambio climático antropogénico ha intensificado el secamiento observado en la zona centro-sur del país.

El investigador Juan Pablo Boisier junto a otros colaboradores demostraron, mediante observaciones y simulaciones climáticas, una tendencia de secamiento de origen humano que podría agravarse durante las próximas décadas.

Incendios forestales, estrés hídrico y vulnerabilidad

El cambio climático también ha favorecido condiciones propicias para incendios forestales de gran magnitud.

Diversas investigaciones indican que la combinación entre altas temperaturas, déficit hídrico prolongado y vegetación seca aumenta el riesgo de incendios extremos, como los registrados durante el verano de 2017 y los eventos más recientes en la zona centro-sur del país.

A esto se suma el impacto sobre la seguridad hídrica, especialmente en comunidades rurales que enfrentan escasez de agua potable y presión creciente sobre cuencas y embalses.

En zonas costeras y australes, estudios también advierten cambios en ecosistemas marinos debido a alteraciones en aportes de agua dulce, temperatura y productividad biológica.

Como advierte el CR2, el cambio climático no afecta por igual a toda la población: sus impactos tienden a profundizar desigualdades sociales y territoriales ya existentes.

El Antropoceno, la era marcada por la huella humana

El término fue popularizado por el químico atmosférico Paul Crutzen a comienzos de los años 2000 para describir una posible nueva era geológica caracterizada por el impacto dominante de las actividades humanas sobre los sistemas de la Tierra. Bajo esta perspectiva, los seres humanos ya no solo modifican ecosistemas locales, sino que alteran procesos planetarios completos: el clima, los ciclos del agua, la biodiversidad, los océanos y la composición química de la atmósfera.

En Chile, el CR2 desarrolló el informe “Antropoceno en Chile: evidencias y formas de avanzar”, donde investigadores analizaron cómo esta nueva etapa se manifiesta en el territorio nacional. El documento plantea que fenómenos como la megasequía, la degradación de ecosistemas, la contaminación atmosférica, la sobreexplotación hídrica y los incendios forestales son expresiones concretas de una época marcada por la presión humana sobre la naturaleza.

El concepto de Antropoceno también pone el foco en las desigualdades. Aunque el impacto ambiental es global, sus consecuencias afectan de manera desproporcionada a las comunidades más vulnerables, especialmente en países altamente expuestos a eventos extremos y estrés hídrico, como Chile.

Más que una etiqueta geológica, el Antropoceno representa una advertencia: la actividad humana alcanzó una escala capaz de modificar el equilibrio del planeta. Y, al mismo tiempo, plantea un desafío político, cultural y ético sobre cómo construir formas de desarrollo más sostenibles y resilientes.

Una evidencia científica inequívoca

La evidencia científica acumulada durante décadas permite establecer tres conclusiones fundamentales.

Primero, existe un consenso extraordinariamente robusto respecto a que el calentamiento global actual es causado principalmente por actividades humanas.

Segundo, el cambio climático ya no es un fenómeno abstracto o futuro. Sus efectos se observan en glaciares que retroceden, olas de calor más intensas, incendios más frecuentes y crisis hídricas prolongadas.

Y tercero, la investigación científica desarrollada en Chile ha sido clave para comprender cómo este fenómeno global impacta los territorios locales y para diseñar estrategias de adaptación más efectivas.

Chile ya no observa el cambio climático desde la distancia. Lo vive en sus embalses vacíos, en la presión sobre sus ecosistemas y en comunidades que enfrentan incertidumbre hídrica año tras año.

La pregunta ya no es si el fenómeno existe ni cuál es su origen. La discusión actual se centra en cuán rápido será posible reducir emisiones, fortalecer la adaptación y enfrentar una crisis que la comunidad científica considera inequívoca.

Fuentes citadas

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