La posible llegada del fenómeno podría aumentar las precipitaciones durante el invierno, favoreciendo mejoras temporales en algunos indicadores hídricos, pero también intensificando riesgos asociados a eventos extremos en una región marcada por la sequía y los incendios forestales.
Asociado al calentamiento anómalo del océano Pacífico ecuatorial, “El Niño” es un fenómeno natural que modifica los patrones climáticos a escala global, generando efectos distintos según cada territorio. Mientras algunas zonas del planeta enfrentan condiciones más secas, en Chile el fenómeno podría favorecer un aumento de las precipitaciones durante el invierno, especialmente en la zona centro y centro-sur del país.
La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) informó que existe un 82% de probabilidad de que el evento se consolide entre mayo y julio de este año.
En este contexto surge una interrogante clave: ¿basta un aumento de las lluvias para superar la crisis hídrica? La pregunta cobra especial relevancia en Biobío, una región que concentra menos del 4% del agua disponible del país y que acumula más de una década de sequía.
Para el investigador del Centro Regional de Estudios Ambientales (CREA) de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC), Dr. Pablo González, la respuesta requiere analizar el fenómeno desde distintas dimensiones.
“La sequía meteorológica está asociada al déficit de precipitaciones respecto de los valores normales. Un año lluvioso puede generar una sensación de recuperación, pero mirar solo la lluvia caída entrega una visión parcial del problema. También existe la sequía hidrológica, vinculada a menores caudales, embalses, humedales y aguas subterráneas. Esto es importante porque nuestras comunidades, actividades productivas y ecosistemas dependen tanto del agua superficial como de la subterránea”, explicó.
Según el investigador, este escenario podría generar mejoras temporales en algunos indicadores hídricos regionales, aunque también incrementar riesgos asociados a eventos extremos.
“Cuando las precipitaciones se concentran en pocos eventos de alta intensidad, el agua no alcanza a infiltrarse ni almacenarse adecuadamente. En consecuencia, aumentan los riesgos de crecidas, inundaciones, remociones en masa, erosión y daños en infraestructura. Además, estas lluvias intensas pueden arrastrar sedimentos y contaminantes hacia ríos y esteros, afectando temporalmente la calidad del agua”, detalló.
De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), los efectos asociados a “El Niño” también pueden representar riesgos para la seguridad alimentaria. En Biobío, donde más de 58 mil hectáreas se destinan a cultivos como trigo, avena y maíz, un escenario marcado por precipitaciones intensas podría generar impactos tanto positivos como negativos para la actividad agrícola.
“Una mayor disponibilidad hídrica puede ayudar a enfrentar mejor la temporada de riego, reducir el estrés de los cultivos y otorgar mayor seguridad a la producción agrícola. Sin embargo, si las lluvias son muy intensas y concentradas, también pueden provocar anegamiento de suelos, pérdida de cultivos, erosión, daños en infraestructura de riego y mayores riesgos de enfermedades en algunas plantas”, indicó el experto.
La vulnerabilidad que persiste tras los incendios
Otra de las preocupaciones se relaciona con las zonas afectadas por los incendios forestales ocurridos durante el verano. En este sentido, la jefa de carrera de Ingeniería Civil de la UCSC, Sofía Toledo, ya había advertido sobre los efectos que el fuego genera en los suelos frente a escenarios de lluvias, como la pérdida de permeabilidad y la disminución de su resistencia mecánica.
“El daño que deja el fuego en los suelos urbanos puede traducirse rápidamente en deslizamientos, escorrentías e inundaciones si no se adoptan medidas preventivas oportunas”, señaló la académica.
A cuatro meses de la tragedia, los riesgos siguen presentes, advirtió el Dr. Pablo González.
“Las zonas afectadas por incendios forestales presentan una mayor vulnerabilidad frente a lluvias intensas, especialmente cuando la vegetación fue removida o el suelo quedó expuesto. La vegetación cumple un rol clave: ayuda a sujetar el suelo con sus raíces, reduce la velocidad con que escurre el agua y favorece la infiltración. Cuando esa cubierta vegetal desaparece, el suelo queda más vulnerable; el agua escurre con mayor rapidez, arrastra sedimentos, cenizas y material suelto, aumentando el riesgo de erosión, aluviones o remociones en masa”, explicó.
En un escenario marcado por eventos climáticos cada vez más extremos, el especialista advirtió que la gestión del agua y la protección de los ecosistemas serán fundamentales para fortalecer la capacidad de adaptación del territorio. Una mirada que dialoga con el llamado realizado por el Papa Francisco hace 11 años en la encíclica Laudato Si’, donde invitó a comprender el cuidado de la “Casa Común” como una responsabilidad colectiva frente a los desafíos ambientales que afectan tanto a las personas como a los ecosistemas.
“El desafío no es solo valorar la lluvia cuando escasea, sino prepararse para gestionarla cuando llega en abundancia. Si se concreta el escenario previsto, será clave reforzar la vigilancia de caudales, revisar infraestructura crítica, mantener operativos los sistemas de aguas lluvias y anticipar efectos sobre comunidades, actividades productivas, infraestructura urbana y ecosistemas. Superar la sequía exige algo más que el retorno de las lluvias: implica recuperar seguridad hídrica, proteger ecosistemas y reducir la vulnerabilidad de las comunidades”, concluyó el investigador.
- Publicidad -













