Entrevista profesor Marcelo Mardones: Del Taller de Astronomía de una escuela rural maulina, al desafío de lanzar un globo sonda a la estratósfera

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Marcelo Mardones, encargado del Taller de Astronomía de la Escuela Viña Purísima de Talca, impulsa junto a sus estudiantes un proyecto que busca enviar un globo sonda hasta la estratósfera. Más que alcanzar los 30 o 40 kilómetros de altura, su propósito es demostrar que la ciencia también puede construirse desde una escuela rural, despertar la curiosidad de niños y niñas y generar nuevas redes entre educación, universidades, empresas y territorio.

Hay sueños que comienzan mirando hacia arriba. Para el profesor Marcelo Mardones, el interés por la astronomía nació cuando era niño y llegó incluso a escribirle una carta a la NASA cuando tenía alrededor de 12 años. Décadas después, aquella curiosidad se transformó en una herramienta pedagógica que hoy moviliza a más de 40 estudiantes de la Escuela Viña Purísima, ubicada en un sector rural de Talca.

El Taller de Astronomía nació formalmente a partir de una propuesta que Mardones realizó a la dirección del establecimiento, después de incorporarse como docente en 2024. Desde entonces, el espacio ha crecido, ha despertado el interés de la comunidad educativa y ha abierto nuevas oportunidades de vinculación con universidades, investigadores, autoridades y empresas.

Ahora, el desafío es mayor: desarrollar el proyecto “Observación Estratosférica y Registro Científico mediante Globo Sonda Escolar en la Región del Maule”, una iniciativa que contempla enviar un globo sonda hacia la estratósfera equipado con cámaras, GPS y sensores para obtener registros y mediciones científicas.

Pero para Mardones, el verdadero objetivo está mucho más allá del lanzamiento. Es demostrar que una escuela rural puede atreverse a hacer ciencia, que los estudiantes pueden asumir desafíos que parecían reservados para otros contextos y que una idea puede convertirse en una red de colaboración capaz de transformar una comunidad educativa.

¿De dónde nace su vínculo con la astronomía y cómo llegó a convertirse en una herramienta educativa?

Mi interés por la astronomía nació desde niño. Cuando tenía alrededor de 12 años llegué incluso a escribirle una carta a la NASA y recibí imágenes, fotografías y cartas. Desde esa edad nació todo este interés por el universo. Después estudié en el Colegio Integrado y ahí continué desarrollando ese interés. Siempre tuve la idea de que, cuando fuera profesor, quería transmitir esa curiosidad por el universo a mis estudiantes. Yo me fui por el lado pedagógico de la astronomía,  siempre me interesó desde ese punto de vista, cómo enseñarles a los niños y cómo hacer que entendieran la astronomía.

En 2024 llegué a hacer un reemplazo a la Escuela Viña Purísima y mi trabajo tuvo bastante aceptación. A fines de ese año conversé con la directora y le planteé que tenía este hobby y que me gustaría implementar un Taller de Astronomía. A ella le gustó la idea y comenzamos a buscar la manera de incorporarlo.

Así nació el taller. Lo que hago es tomar las preguntas de los niños y llevarlas a un contexto lúdico y entretenido. Partimos hablando de viajar al espacio, las estrellas, la Luna, las constelaciones y todas esas cosas que despiertan su curiosidad.

¿En qué momento esa inquietud se transforma en un proyecto como el globo sonda?

El punto importante fue cuando comenzamos a generar experiencias distintas con los estudiantes. Una de ellas fue el viaje al Observatorio Cerro Tololo. Esa experiencia abrió una puerta enorme.

Después apareció una pregunta muy sencilla de los niños: “¿Y nosotros no podemos ver el espacio?”. Y desde ahí comenzamos a pensar que sí podíamos hacer algo. El proyecto del globo sonda nace precisamente de esa idea: si ellos tienen curiosidad por conocer el espacio, ¿por qué no intentar acercarlos a él mediante una experiencia científica concreta?.

La iniciativa busca llevar un globo hasta la estratósfera, con cámaras, GPS y mediciones meteorológicas. Pero lo más importante es todo lo que hay detrás: los cálculos, las estimaciones, la física, la meteorología, la tecnología y el trabajo colaborativo.

¿Qué aprendizajes pedagógicos permite desarrollar un proyecto de estas características?

Son muchísimos. Aquí la teoría se transforma en práctica. Por ejemplo, tenemos que calcular el peso de la cápsula, considerar las cámaras, las baterías y todos los elementos que vamos a incorporar. Hay que sumar, restar, comparar pesos y analizar cómo esas variables pueden influir en la altura que alcanzará el globo.

Los estudiantes de octavo pueden trabajar esos cálculos y, a la vez, ayudar a los más pequeños. Los niños que están aprendiendo a sumar y restar participan haciendo cálculos más sencillos. Entonces se produce una interacción entre ellos.

También está la física. Logré que la escuela me abriera un espacio en el laboratorio de ciencias para generar un rincón de física. Ahí podemos hacer experimentos sobre magnetismo, calor, gases y otros fenómenos.

Tenemos además tecnología, generación de datos y estadísticas. Y la meteorología es fundamental para determinar las condiciones de lanzamiento y tratar de prever hacia dónde podría desplazarse el globo.

Los niños han comprendido que a diferentes alturas cambian los vientos, la temperatura y las condiciones atmosféricas. Eso es tremendamente significativo porque están aprendiendo algo que normalmente podrían ver solamente desde un libro, pero ahora lo están experimentando.

¿Qué cambios ha observado en los estudiantes desde que comenzó el taller?

Han sido cambios muy notorios. Colegas me han comentado que algunos de los niños que participan en el taller han mejorado bastante su rendimiento académico. El taller es voluntario. No es obligatorio. Los niños participan porque tienen pasión por lo que hacemos. Y cuando uno aprende desde la pasión, disfruta lo que está haciendo.

Recuerdo el caso de una estudiante que tenía poca motivación y no mostraba muy buenas notas. Una profesora incluso me decía que no estaba segura de que quisiera participar. Pero la niña se incorporó y comenzó a involucrarse.

Hace poco un familiar suyo me dijo: “Profesor, le doy las gracias porque mi sobrina no es la misma de hace tres o cuatro meses”. Ahora tiene interés, se preocupa de estudiar y quiere mejorar sus notas. Eso es un cambio enorme.

También trabajamos mucho de manera práctica. Cuando hacemos maquetas, por ejemplo, los niños tienen que medir, cortar con precisión, pintar y preocuparse de los detalles. Ahí están aplicando matemáticas, motricidad, precisión y creatividad.

Actualmente tenemos más de 40 estudiantes en el Taller de Astronomía. Cuando iniciamos éramos alrededor de 15.

Son niños más curiosos, preguntan más, están más despiertos y eso genera contagio. Un niño le dice a otro: “¿Tú perteneces al Taller de Astronomía?”. Y ese interés se va extendiendo.

¿Qué significa para usted que el taller haya generado un crecimiento tan importante en la matrícula y en el interés por la escuela?

Es muy significativo porque cuando llegué, la escuela era prácticamente una escuela rural más del sector de Talca. Hoy el colegio tiene una matrícula superior a los 250 estudiantes y el taller se ha convertido en uno de los espacios que genera mayor interés.

Los propios profesores me han dicho que nunca habían visto un taller tan numeroso. Y eso también demuestra que las escuelas rurales pueden generar proyectos que despierten interés y que abran oportunidades.

Este proyecto nos está abriendo muchas puertas. Estamos generando vínculos con universidades y otras instituciones, y eso permite que los niños conozcan laboratorios, planetarios y espacios científicos a los que quizás antes no tenían acceso.

¿Qué importancia han tenido las alianzas que se han construido durante este proceso?

Son fundamentales. Un proyecto de estas características no se puede hacer solo. Hemos generado vínculos con la Universidad Católica del Maule, con la Universidad de Talca, con autoridades, empresas privadas y otras instituciones.

La Universidad Católica del Maule nos ha abierto posibilidades para que los estudiantes conozcan su planetario y sus laboratorios. También hemos tenido acercamientos con la Universidad de Talca y con espacios como CLIC.

El Gobierno Regional también mostró interés en la iniciativa y surgió la posibilidad de trabajar en una red de astronomía para escuelas rurales y proyectar incluso un domo de astronomía en la Escuela Viña Purísima, que pueda abrir sus puertas a otros establecimientos.

Eso sería maravilloso: que una escuela rural no solamente tenga un Taller de Astronomía, sino que se convierta en un punto de encuentro para otras escuelas.

¿Cuáles han sido las principales dificultades para desarrollar este proyecto?

Una de las principales dificultades son las conexiones y la gestión. En este proceso el docente se transforma prácticamente en un relacionador público. Hay que conversar, reunirse, explicar el proyecto, convencer y buscar personas que confíen en que una escuela rural puede lograrlo.

Además, estamos a unos 20 kilómetros de Talca y muchas veces tenemos problemas de conectividad. Para realizar una gestión hay que trasladarse presencialmente. Eso significa tiempo y también gastos que muchas veces terminan saliendo del bolsillo del profesor.

He recorrido empresas, pedido entrevistas, generado conversaciones, buscando apoyos hasta encontrar personas que quieran sumarse. He aprendido que cuando uno muestra trabajo, esfuerzo y compromiso, las puertas comienzan a abrirse.

¿Qué le ha enseñado a usted este proceso como docente?

Me ha enseñado que hay que confiar en los estudiantes. Muchas veces se piensa que porque un niño pertenece a una escuela rural no va a tener las mismas posibilidades que otros. Yo creo que eso es un error.

Los niños tienen hambre de conocer. Tienen curiosidad. Quieren descubrir cosas. Lo que necesitamos es darles las oportunidades. Y también he aprendido que los profesores tenemos que atrevernos. A veces uno tiene una idea y piensa que no existen los recursos o que será muy difícil. Pero si uno realmente quiere lo que hace, tiene que luchar por ello.

¿Qué espera que ocurra después del lanzamiento del globo?

Más allá de que el globo llegue a la estratósfera, de recuperar las cámaras y mostrar las imágenes a los estudiantes y a la comunidad, yo quiero que Talca se dé cuenta de que las cosas no son imposibles.

Quiero que esto genere una especie de epidemia positiva. Que otras escuelas digan: “Si ellos pudieron, nosotros también podemos”. Imagino que después de esto puedan surgir proyectos de robótica, inteligencia artificial, meteorología, astronomía y muchas otras áreas.

Por ejemplo, una escuela podría construir su propia estación meteorológica y generar información que incluso pueda ser útil para empresas agrícolas de la zona. Entonces esto puede generar un efecto dominó.

¿Cómo imagina el momento en que recuperen la cápsula después del lanzamiento?

Me imagino la cápsula con el paracaídas llegando a tierra y los niños recuperándola. Quiero ponerla en una vitrina, en lo más alto del ingreso de la escuela, como símbolo de lo que lograron.

Y poder decir: esta fue una escuela rural que se atrevió a llegar a la estratósfera. ¡Qué mejor orgullo!

Pero no quiero que ese orgullo sea solamente nuestro. Quiero que otros profesores lo vean y digan: “Yo también puedo hacer algo”.

Ya hay colegas que me han dicho: “Profesor, invítenos el día del lanzamiento”. Eso significa que el proyecto ya está generando interés más allá de la escuela.

¿Qué mensaje les daría a otros docentes que tienen una idea, pero sienten que su contexto o la falta de recursos puede ser una limitación?

Les diría que confíen en sus alumnos. Independientemente de la condición económica o de la situación que tenga el colegio, hay que confiar en ellos.

Y también hay que querer lo que uno hace. Tiene que sentirse parte de eso. Las dificultades van a existir. Nosotros las hemos tenido: la distancia, los recursos, los traslados, las gestiones, buscar empresas y conseguir apoyos. Pero cuando uno trabaja y demuestra que realmente quiere hacer las cosas, las posibilidades aparecen.

Yo espero que después del lanzamiento podamos generar una “epidemia positiva”, que muchas otras escuelas se atrevan. Porque una escuela rural sí puede. Cuesta mucho, sí. Pero sí se puede.

Finalmente, ¿qué sueño le gustaría ver concretado a partir de todo este proceso?

Me gustaría que este proyecto permita que la escuela siga creciendo científicamente. Que podamos tener un domo de astronomía, una estación meteorológica, proyectos de robótica, inteligencia artificial y una escuela sustentable.

Que nuestros estudiantes lleguen a la enseñanza media llevando conocimientos y experiencias que les permitan aportar a sus nuevos colegios. Y también me gustaría que las empresas entendieran que pueden cumplir un papel muy importante. Imagino un sistema en que empresas puedan apadrinar ideas científicas desarrolladas por escuelas.

Porque cuando una empresa apoya a una escuela, no solamente está entregando recursos. Está contribuyendo a formar niños que mañana serán profesionales y ciudadanos capaces de transformar su entorno.

Al final, esa sería mi mayor satisfacción: demostrar que un grupo de niños de una escuela rural puede lograr algo que parecía impensado. Unión, trabajo, apoyo y confianza. Eso es lo que necesitamos. Y si después de todo esto otra escuela se atreve a mirar hacia arriba y decir “nosotros también podemos”, entonces todo habrá valido la pena.

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