El colapso de una masa glaciar en el norte de Nepal desencadenó una avalancha de hielo, roca y un flujo de agua y sedimentos que recorrió cerca de 100 kilómetros. Mientras continúa la investigación sobre las causas inmediatas del desastre, el episodio vuelve a poner foco en los efectos de una criósfera en transformación, la necesidad de sistemas de alerta y el desafío de monitorear los glaciares antes de que los cambios se conviertan en emergencias.
Por Revista Ecociencias
La mañana del 26 de agosto de 2026, una enorme masa de hielo, roca y sedimentos se movilizó en una zona montañosa del norte de Nepal, cerca de la frontera con China. El fenómeno alcanzó el río Lhende Khola y desencadenó una corriente de agua y detritos que avanzó rápidamente por los valles, afectando poblaciones e infraestructura aguas abajo.
El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) describe preliminarmente el fenómeno como una falla rápida de una ladera que involucró un glaciar, aunque todavía no existe certeza completa sobre si se trató de un deslizamiento que incorporó parte del glaciar o de un colapso propiamente glaciar. La masa movilizada contenía hielo y agua y, mientras descendía, incorporó más material y agua de los cauces existentes, convirtiéndose en un flujo de gran alcance. El USGS estima que recorrió aproximadamente 100 kilómetros y que la energía liberada por la falla inicial fue equivalente a la de un terremoto de magnitud 5,2.
Por otro lado, la magnitud humana de la tragedia continúa actualizándose. Al 1 de septiembre, Reuters reporta más de un millar de personas fallecidas y alrededor de 4.000 desaparecidas, mientras continúan las operaciones de búsqueda y rescate en áreas de difícil acceso. La emergencia también afectó a instalaciones hidroeléctricas y dejó a cientos de trabajadores incomunicados.
Pero más allá de las cifras, el episodio deja una pregunta que preocupa a científicos y autoridades. ¿Qué está ocurriendo con las montañas del Himalaya y por qué estos riesgos pueden adquirir una dimensión cada vez mayor?
Una montaña que está cambiando
El Hindu Kush Himalaya concentra la mayor masa de hielo de las regiones montañosas del planeta fuera de las zonas polares. Sus glaciares, nieve y permafrost son fundamentales para los ecosistemas y para las comunidades que habitan en las montañas, pero también para millones de personas que viven aguas abajo. La evidencia científica indica que esta criósfera está cambiando rápidamente.
ICIMOD, el Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de las Montañas, advierte que los glaciares de la región están perdiendo masa de manera acelerada, mientras disminuyen y cambian los patrones de nieve y se degrada el permafrost. Estos cambios están haciendo que los sistemas fluviales sean más impredecibles y aumentando los riesgos de inundaciones por desborde de lagos glaciares, avalanchas, flujos de detritos y deslizamientos.
El problema, por lo tanto, no es solamente que exista “menos hielo”. Porque cuando un glaciar retrocede, deja atrás nuevos espacios que pueden llenarse de agua. Así mismo pueden formarse o crecer lagos glaciares, retenidos en algunos casos por acumulaciones de roca y sedimentos conocidas como morrenas. Estas barreras naturales pueden ser vulnerables frente a avalanchas, terremotos, deslizamientos o cambios bruscos en el volumen de agua.
Entonces, si una de estas barreras falla, millones de metros cúbicos pueden liberarse en muy poco tiempo. Este resultado se conoce como GLOF, (sigla en inglés para Glacial Lake Outburst Flood), o inundación por desborde repentino de un lago glaciar.
Cuando el hielo genera una reacción en cadena
Una de las lecciones del desastre de Nepal es que los peligros de montaña no necesariamente ocurren de manera aislada. Una avalancha puede golpear un lago, el lago puede desbordarse, el agua puede erosionar las riberas, la corriente puede incorporar toneladas de roca y sedimentos.
El flujo puede convertirse en un torrente de detritos capaz de destruir puentes, caminos, viviendas y centrales hidroeléctricas.
En simple, un fenómeno originado a gran altitud puede transformarse rápidamente en una emergencia que afecta a comunidades ubicadas decenas de kilómetros más abajo.
Lo ocurrido en Nepal muestra precisamente esta dinámica, donde el material movilizado desde la montaña terminó incorporando agua y sedimentos en el sistema fluvial, aumentando la capacidad destructiva del flujo.
Los científicos hablan cada vez con mayor frecuencia de eventos compuestos o en cascada para describir estas situaciones, en las que diferentes amenazas interactúan y amplifican sus efectos.
Pero, ¿es el cambio climático responsable de lo ocurrido?
La respuesta exige cautela. Si bien no sería científicamente correcto afirmar que el calentamiento global “causó” por sí solo el desastre del 26 de agosto, el mecanismo exacto que desencadenó la falla de la montaña todavía está siendo investigado. El USGS, por ejemplo, mantiene abierta la posibilidad de que el fenómeno corresponda a un deslizamiento que incorporó hielo glaciar o a un colapso de origen glaciar.
Sin embargo, sí existe una relación entre el cambio climático y la transformación del entorno en el que ocurren estos fenómenos.
Las temperaturas en aumento están provocando pérdida de masa glaciar, alteraciones en los ciclos de congelamiento y deshielo, cambios en la distribución de la nieve y degradación del permafrost.
El permafrost cumple un papel especialmente importante en las montañas: el suelo permanentemente congelado puede contribuir a mantener unidas masas de roca y sedimentos. Cuando se degrada, algunas laderas pueden volverse más susceptibles a movimientos y desprendimientos.
Por eso, el cambio climático no debe imaginarse como una causa única que “activa” automáticamente una inundación. Sería más exacto entenderlo como un factor que está modificando las condiciones físicas de alta montaña y, con ello, el paisaje de amenazas.
ICIMOD sostiene que el calentamiento del Hindu Kush Himalaya está intensificando múltiples riesgos asociados a la criósfera y aumentando sus impactos sobre asentamientos, infraestructura, agua, energía y sistemas alimentarios.
Un problema que alcanza a millones de personas
La importancia de estos cambios involucra múltiples factores a quienes viven en las cercanías de los glaciares. Los ríos alimentados por nieve y glaciares atraviesan grandes regiones densamente pobladas de Asia, por lo que la transformación de la criósfera puede producir simultáneamente más riesgos de inundación en el presente y mayor inseguridad hídrica en el futuro.
En determinadas circunstancias, un aumento del deshielo puede incrementar temporalmente el aporte de agua. Pero los glaciares no constituyen una fuente infinita. A medida que disminuye la masa de hielo, también puede disminuir la capacidad del sistema de entregar agua durante períodos secos y cálidos. Esto genera una paradoja climática: en algunas etapas, las montañas pueden experimentar demasiada agua demasiado rápido; posteriormente, pueden enfrentar menor disponibilidad de agua cuando el hielo ya no sea capaz de sostener los mismos aportes.
La nueva estrategia regional de monitoreo de la criósfera presentada por ICIMOD en agosto de 2026 advierte precisamente que estos cambios están afectando la seguridad hídrica y energética, los sistemas alimentarios y los asentamientos humanos de toda la región.
Vigilar antes de que ocurra. ¿Qué tiene que ver Nepal con los Andes chilenos?
A primera vista, Nepal y Chile parecen enfrentar realidades muy diferentes. Uno se encuentra en el Himalaya; el otro, en la cordillera de los Andes. Sin embargo, ambos territorios comparten una característica fundamental: sus glaciares están experimentando cambios en un contexto de calentamiento global y esos cambios pueden modificar la disponibilidad de agua y los riesgos asociados a la alta montaña.
Chile posee una de las mayores reservas de hielo de los Andes y una enorme diversidad de glaciares. En este escenario, conocer su evolución no es solamente una tarea científica: también es una herramienta para la gestión del agua, la prevención de riesgos y la planificación territorial.
La Dirección General de Aguas (DGA) ya desarrolla parte de esta tarea. El organismo realiza balances de masa en glaciares seleccionados, es decir, mediciones destinadas a conocer cuánto hielo y nieve se pierde y cuánto se acumula durante el año. Actualmente mantiene estudios detallados en 15 glaciares, junto con análisis de variaciones de superficie en otros glaciares representativos del territorio.
A esto se suma una red hidrométrica nacional que permite obtener información meteorológica, fluviométrica y nivométrica, entre otros datos. En 2026, la DGA informó que esta red cuenta con 4.397 estaciones distribuidas por el país y que sus datos son utilizados para la toma de decisiones frente a eventos meteorológicos extremos.
El desafío es que, frente a una transformación acelerada de la criósfera, el monitoreo necesita ser entendido como una política permanente de conocimiento y prevención, y no solo como una fotografía periódica del estado de los glaciares.
Por tanto que medir cambios de superficie y volumen, conocer el balance de masa, registrar temperaturas, precipitaciones y acumulación de nieve, vigilar la aparición y evolución de lagos proglaciares e identificar sectores donde puedan producirse desprendimientos, deslizamientos o vaciamientos repentinos.
La experiencia internacional es suficientemente contundente. Un glaciar en retroceso no necesariamente representa por sí mismo una amenaza inmediata; el problema surge cuando ese retroceso se combina con otras condiciones capaces de generar nuevos peligros. Monitorear los glaciares también significa monitorear el paisaje que los rodea y los sistemas hídricos que dependen de ellos.
Tenemos una discusión pendiente
Chile cuenta con instrumentos de protección y monitoreo, pero continúa pendiente una discusión legislativa específica sobre la protección de los glaciares.
El proyecto de ley sobre protección de glaciares, permanece en primer trámite constitucional en el Senado. La iniciativa ingresó en 2018 y plantea un marco específico para la protección de estos ecosistemas; su tramitación registra, entre sus últimos hitos publicados, un segundo informe de la Comisión de Hacienda de agosto de 2023.
En paralelo, existe otro proyecto que busca modificar el Código de Aguas para impedir la constitución de derechos de aprovechamiento de aguas sobre los glaciares y que también continúa en tramitación. La Comisión de Medio Ambiente del Senado retomó su análisis en mayo de 2025.
La discusión, por tanto, no debería reducirse a una pregunta sobre cuánto vale proteger un glaciar, también debería considerar cuánto vale conocerlo, porque aquello que no se mide difícilmente puede gestionarse.
La información sobre el estado de un glaciar permite conocer si está perdiendo masa, si cambia su superficie, cómo responde frente a períodos cálidos o precipitaciones extremas y qué transformaciones están ocurriendo en su entorno.
Y en un país donde los glaciares cumplen un papel estratégico para la regulación hídrica, esa información puede ser fundamental para anticipar escenarios futuros.
Medir para anticipar
La lección de Nepal no es que Chile esté frente a una catástrofe idéntica. Las condiciones geológicas, climáticas y territoriales son diferentes.
La enseñanza podría ser otra: cuando cambia la criósfera, también puede cambiar el mapa de riesgos. En ese sentido, fortalecer las mediciones y el monitoreo glaciológico significa contar con mejores herramientas para responder preguntas esenciales.
Fuentes consultadas: USGS para la reconstrucción del mecanismo del evento de agosto de 2026; ICIMOD para la evidencia regional sobre glaciares, lagos glaciares, permafrost y riesgos; Reuters para la evolución de la emergencia y sus efectos sobre población e infraestructura. DGA, DGA prepara sus estaciones de monitoreo en todo el país en el marco de la Operación MOP Invernal 2026.
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