Magdalena Molina Muñoz, estudiante de San Clemente, obtuvo el primer lugar nacional del Concurso de Ensayos 2025 de la Academia Parlamentaria de la Cámara de Diputadas y Diputados. En su trabajo plantea que la educación ambiental debe ir más allá de los contenidos y convertirse en participación, conciencia y acciones concretas para proteger los territorios.
Hay preguntas que adquieren otro significado cuando las formula alguien que tendrá que vivir las consecuencias de las decisiones que hoy toma la sociedad. ¿Qué sabemos sobre el medioambiente? ¿Cómo podemos cuidarlo de manera organizada? Con esas interrogantes comienza el ensayo con que Magdalena Trinidad Molina Muñoz, estudiante de San Clemente, abordó uno de los desafíos que considera fundamentales para el futuro: transformar la educación ambiental en una herramienta para comprender, participar y actuar sobre el territorio.
Su trabajo, titulado “Educación ambiental en Chile: cultivando cambios para un país sostenible”, obtuvo el primer lugar a nivel nacional del Concurso de Ensayos 2025, organizado por la Academia Parlamentaria de la Cámara de Diputadas y Diputados de Chile. El ensayo fue escrito cuando Magdalena cursaba 1° medio en el Colegio Paula Montal de San Clemente, en la Región del Maule.
Pero más allá del reconocimiento, el texto escrito desde la sensibilidad de una voz joven y femenina que observa su entorno, identifica problemas que atraviesan su comunidad y se pregunta qué tipo de país y territorio recibirán las nuevas generaciones.

Su reflexión comienza con algunos de los grandes problemas ambientales de Chile —la crisis hídrica, la contaminación, la deforestación, la pérdida de biodiversidad y el manejo de residuos—, pero rápidamente lleva la discusión hacia una pregunta más profunda: ¿de qué sirve conocer estos problemas si ese conocimiento no modifica nuestras decisiones?
Para Magdalena, la educación ambiental no puede limitarse a entregar información. Debe ayudar a construir hábitos, desarrollar una conciencia crítica y conectar a las personas con el lugar donde viven.
“La educación ambiental no es un ‘extra’, es una herramienta poderosa para enfrentar la crisis ecológica y social que vivimos en Chile”, plantea hacia el final de su ensayo.
Aprender no solo para saber, sino para hacer
Una de las ideas que con mayor fuerza aparece en el texto es la necesidad de que la educación ambiental abandone su carácter ocasional. Para la estudiante, no basta con realizar una actividad durante una fecha conmemorativa, instalar algunos contenedores o desarrollar una campaña durante una semana.
La educación ambiental debería estar presente durante todo el año y formar parte de la experiencia cotidiana de los establecimientos.
Su propuesta incluye huertos escolares, proyectos de reciclaje y reutilización, reforestación educativa, monitoreo de biodiversidad mediante ciencia escolar y acciones para cuidar el agua. También plantea llevar el aprendizaje fuera de las salas de clases, hacia plazas, parques, humedales y otros espacios del territorio.
Hay una frase que resume buena parte de su propuesta: “La meta es que la educación ambiental se viva y no se quede en un PowerPoint”.
No se trata, entonces, de sumar una nueva asignatura, sino de transformar la manera en que los estudiantes se relacionan con su entorno.
En esa tarea, Magdalena identifica al Sistema Nacional de Certificación Ambiental de Establecimientos Educacionales (SNCAE) como una herramienta que puede ayudar a construir procesos permanentes dentro de las comunidades educativas. En su ensayo destaca que el programa integra dimensiones curriculares, de gestión y de relación con el entorno.
Sin embargo, también plantea una advertencia: la certificación no debería convertirse únicamente en un diploma o una señal visible de que un establecimiento cumple determinados requisitos. Lo importante, sostiene, es que el proceso permita construir una cultura ambiental que permanezca en el tiempo.
El territorio como sala de clases
La mirada de Magdalena también está profundamente marcada por el lugar donde vive. San Clemente no aparece en su ensayo únicamente como el lugar desde donde escribe. Es parte de la manera en que comprende los problemas ambientales. La escasez hídrica, la contaminación por el uso de leña, la gestión de residuos y la necesidad de proteger los ecosistemas son situaciones que adquieren un significado distinto cuando forman parte del territorio cotidiano.
En su reflexión, la educación ambiental también significa aprender a conocer y defender el lugar que habitamos.
Por eso, considera que los colegios deberían abrir espacios para que los estudiantes conozcan sus ecosistemas, comprendan las amenazas que enfrentan y puedan participar en las decisiones que afectan a sus comunidades.
En ese sentido, su propuesta trasciende la idea tradicional de educación ambiental como una forma de enseñar a reciclar. Se trata también de formar ciudadanos capaces de hacerse preguntas sobre lo que ocurre a su alrededor, distinguir entre información y opinión, y participar de manera informada.
“La educación ambiental también tiene que ser educación cívica: distinguir entre opinión y evidencia, entre anécdota y tendencia”, sostiene en su ensayo al abordar la discusión sobre cambio climático.
Una preocupación que mira hacia las próximas generaciones
Cuando Magdalena habla del medioambiente, también habla del futuro. Su principal preocupación, explica, es que la sociedad muchas veces reconoce la existencia de los problemas ambientales, pero no consigue transformar ese conocimiento en acciones suficientemente rápidas y responsables.
La escasez de agua, la contaminación, la pérdida de biodiversidad y el cambio climático no son para ella problemas independientes. Forman parte de una crisis que tendrá consecuencias particularmente importantes para quienes hoy son niños, niñas y jóvenes.
Esa perspectiva aparece también en el cierre de su ensayo: “Lo que hagamos hoy va a definir la calidad de vida de las próximas generaciones”.
Pero su mensaje no es pesimista. Al contrario. Magdalena sostiene que todavía existen posibilidades de cambio si las personas dejan de considerar que los problemas ambientales son responsabilidad exclusiva de otras personas o instituciones.
“No pienso que una persona pueda solucionar por sí sola problemas tan grandes como el cambio climático, pero sí creo que podemos aprender, cambiar nuestros hábitos, participar en nuestras comunidades y exigir que quienes toman decisiones también actúen”, plantea.
Escuchar las voces que vienen
El primer lugar nacional obtenido por Magdalena puede leerse como un reconocimiento a su capacidad para investigar, argumentar y construir una reflexión sobre un problema complejo. Pero su ensayo permite mirar más allá del concurso.
Sus palabras hacen una invitación a escuchar qué están pensando los jóvenes sobre el mundo que recibirán.
Desde una comuna del Maule, una estudiante de enseñanza media pone sobre la mesa asuntos que atraviesan la discusión ambiental nacional, tales como el agua, biodiversidad, residuos, cambio climático, participación ciudadana, políticas públicas y educación.
Su propuesta es simple pero profunda, enmarcando que el aprendizaje no termine cuando acaba la clase.
Que la escuela pueda convertirse en un espacio para observar el territorio, conocer sus ecosistemas, reconocer sus problemas y participar en su protección. Que la educación ambiental permita no solo comprender qué está ocurriendo, sino preguntarse qué podemos hacer frente a ello.
Escuchar a los jóvenes hablar sobre el medioambiente es una manera de entender qué futuro están imaginando y qué territorios quieren ayudar a construir.
En el caso de Magdalena, su respuesta comienza por una convicción que atraviesa todo su ensayo. La educación ambiental debe dejar de ser un contenido que se aprende para convertirse en una experiencia que se vive a diario y en todo el quehacer humano.
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