Una investigación liderada por el Centro de Estudios Avanzados en Fruticultura (CEAF) analizó durante 36 meses el comportamiento de hongos micorrízicos en condiciones ambientales reales. Los resultados identificaron a Septoglomus constrictum como una especie con alta capacidad de establecimiento y persistencia en ambientes mediterráneos semiáridos.
Los suelos albergan comunidades de microorganismos fundamentales para el desarrollo de las plantas y el funcionamiento de los ecosistemas. Entre ellos se encuentran los hongos micorrízicos arbusculares, que establecen asociaciones con las raíces vegetales y participan en el intercambio de nutrientes. Comprender cómo se relacionan y sobreviven estos organismos bajo condiciones ambientales adversas puede aportar nuevas herramientas para la recuperación de suelos degradados.
En esa línea, un estudio liderado por el Dr. Pablo Cornejo, investigador principal del Centro de Estudios Avanzados en Fruticultura (CEAF), realizó un seguimiento de tres años a comunidades de hongos micorrízicos arbusculares en un ambiente mediterráneo semiárido. La investigación permitió identificar diferencias importantes en la capacidad de establecimiento y supervivencia de distintas especies, así como el papel que desempeña la competencia entre microorganismos en la composición de estas comunidades.
A diferencia de investigaciones que evalúan el comportamiento de inoculantes durante períodos breves en viveros o invernaderos, este trabajo utilizó mesocosmos al aire libre, expuestos durante 36 meses a las variaciones climáticas propias de los ambientes mediterráneos. El experimento incorporó plantas arbustivas nativas del sur de España, como retama, lavanda, mejorana y romero, cultivadas tanto en monocultivos como en diferentes asociaciones de especies vegetales.
En estos sistemas se aplicó un consorcio sintético (SynCom), compuesto por seis especies de hongos micorrízicos provenientes de ecosistemas degradados: Rhizophagus clarus, Septoglomus constrictum, Funneliformis coronatum, R. intraradices, F. mosseae y S. viscosum.
El experimento comenzó gracias a una beca otorgada por la UNESCO y el Ministerio de Asuntos Exteriores de España, en el marco del Curso Internacional en Edafología y Biología Vegetal realizado en Granada. Posteriormente, el investigador dio continuidad al trabajo durante su doctorado.
“Se dio la oportunidad de plantear un experimento de larga duración, que es poco común para este tipo de enfoques, pero que sirvió desde el punto de vista metodológico, generando herramientas moleculares para el monitoreo de HMA (hongos micorrízicos arbusculares), su dinámica en el tiempo y el efecto en la estabilización del suelo”, explica Cornejo.
Su interés por esta línea de investigación comenzó durante el pregrado, cuando se vinculó a proyectos en la Universidad de La Frontera, bajo la orientación del Dr. Fernando Borie. Según recuerda, este investigador fue uno de los primeros científicos nacionales en desarrollar una sólida trayectoria en el estudio del papel de las micorrizas arbusculares en los suelos agrícolas.
La competencia bajo tierra: cómo se establece una comunidad de hongos
Para comprender la evolución de estas comunidades, el equipo realizó muestreos trimestrales que combinaron la cuantificación de esporas con análisis moleculares de los hongos presentes en las raíces. En el trabajo también participaron las investigadoras Dras. Concepción Azcón Aguilar y Nuria Ferrol, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España.
Los resultados mostraron que la composición de las especies vegetales tuvo un efecto secundario sobre la comunidad fúngica. En cambio, las características propias de cada hongo y los denominados efectos de prioridad tuvieron un papel determinante.
Este último concepto describe cómo los microorganismos que llegan primero y consiguen colonizar las raíces pueden obtener una ventaja frente a otros, al acceder antes a los recursos que proporciona la planta. De esta manera, su establecimiento inicial puede condicionar la permanencia de las demás especies dentro de la comunidad.
El seguimiento evidenció diferencias importantes entre los hongos evaluados. Rhizophagus clarus y Funneliformis coronatum presentaron un aumento inicial en su esporulación durante el primer año, pero desaparecieron del banco de esporas al mes 18. En contraste, Rhizophagus intraradices logró mantenerse estable durante el período de evaluación, pese a pertenecer al mismo género que una de las especies que desapareció.
Cornejo explica que este proceso puede responder a dos factores relacionados con la biología y la ecología de la asociación entre hongos y plantas. Por una parte, la colonización de las raíces puede activar respuestas de defensa en la planta, dificultando el ingreso posterior de otros hongos micorrízicos. Por otra, cuando distintas especies cumplen funciones similares, se genera competencia por los recursos disponibles, lo que puede favorecer a aquellas con mayor capacidad para aprovecharlos.
Septoglomus constrictum: una especie con alta capacidad de persistencia
Uno de los principales resultados del seguimiento fue el comportamiento de Septoglomus constrictum. Esta especie consiguió colonizar las raíces de manera temprana y mantener su presencia durante el experimento. Además, su abundancia relativa en el banco de esporas aumentó progresivamente, hasta representar entre el 60% y el 90% del total de la comunidad micorrízica al tercer año.
Su capacidad de establecimiento y persistencia bajo las condiciones ambientales evaluadas la convierte en una candidata de interés para el desarrollo de bioinoculantes destinados a ambientes mediterráneos.
Sin embargo, la presencia y abundancia de determinadas especies de hongos dependen de las características del suelo y del clima de cada territorio. En este sentido, Cornejo señala que Septoglomus es frecuente y suele ser dominante en ambientes mediterráneos como los del sur de España. También destaca su relevancia en Chile central, donde ha observado su presencia en distintos ambientes, tanto agrícolas como naturales.
Investigación de largo plazo para orientar la restauración de suelos
Los resultados fueron publicados en el artículo científico “Influence of plant cover on the long-term dynamics of an arbuscular mycorrhizal fungal SynCom in a semi-arid Mediterranean environment”, dedicado a la memoria del micorrizólogo español José Miguel Barea.
La investigación aporta antecedentes para comprender por qué la formulación de bioinsumos no depende únicamente de incorporar una mayor cantidad de microorganismos, sino también de seleccionar aquellos que demuestran capacidad de establecerse y persistir bajo determinadas condiciones ambientales.
En ese contexto, el comportamiento de S. constrictum entrega una base para continuar investigando su potencial aplicación en protocolos de inoculación en viveros y proyectos de restauración ecológica. Estas herramientas podrían contribuir a futuras estrategias orientadas a recuperar la salud de los suelos, reducir los procesos de degradación y fortalecer la resiliencia de la vegetación frente a condiciones de estrés ambiental.
El estudio también tuvo un significado especial para el investigador por su dedicatoria a José Miguel Barea, a quien recuerda no solo por su brillantez científica, sino también por su carisma y liderazgo en la formación de generaciones de investigadores dedicados al estudio de la rizosfera.
Cornejo destaca que Barea impulsó investigaciones que abarcaron desde aspectos fundamentales hasta aplicaciones concretas, contribuyendo a demostrar el papel de los microorganismos del suelo en las relaciones entre las plantas, el suelo y sus comunidades microbianas.
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