La “autopista del huiro”: los bosques submarinos que guiaron el poblamiento temprano de Sudamérica

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SONY DSC. Kgrif, Adobe Stock

Un nuevo estudio liderado por investigadores chilenos reconstruye 20.000 años de historia costera y sugiere que los bosques de huiro del Pacífico sur funcionaron como corredores ecológicos clave para las primeras poblaciones humanas. La investigación integra modelación ecológica y evidencia arqueológica, ampliando la “Hipótesis de la Autopista del Kelp” hacia el hemisferio sur.

Durante siglos, la historia del poblamiento de América se narró desde la tierra firme: grupos de cazadores de megafauna cruzando estepas heladas en un recorrido épico a través de Beringia. Sin embargo, en las últimas décadas, nuevos hallazgos han ampliado esta mirada. Sitios arqueológicos como Pilauco, Monte Verde y Tagua Tagua en Chile, Pedra Furada en Brasil y Piedra Museo en Argentina han aportado evidencia clave para repensar el poblamiento temprano en Sudamérica, incluyendo rutas costeras que hoy ganan fuerza en la discusión científica.

En ese cambio de perspectiva, el océano ha comenzado a ocupar un rol protagónico. Una de las hipótesis más influyentes es la llamada “Hipótesis de la Autopista del Kelp”, que plantea que los primeros grupos humanos habrían avanzado bordeando la costa del Pacífico, aprovechando ecosistemas marinos altamente productivos y predecibles.

Hasta ahora, gran parte de la evidencia que respalda esta idea proviene del hemisferio norte. Pero una investigación reciente publicada en Frontiers in Ecology and Evolution suma nuevas piezas desde el sur del continente, mostrando que la costa del Pacífico sudamericano pudo haber ofrecido condiciones similares durante miles de años.

Los bosques de macroalgas —conocidos como kelp o huiros— son considerados verdaderos “ingenieros ecosistémicos”. No solo sostienen una biodiversidad extraordinaria, sino que además generan entornos productivos y relativamente estables en el tiempo. Según los autores del estudio, investigadores de la Universidad Adolfo Ibáñez, la Universidad Austral y el Instituto Milenio en Socio-Ecología Costera (SECOS), esta estabilidad habría sido clave para facilitar el desplazamiento y asentamiento de poblaciones humanas a lo largo del Pacífico sur.

El mapa de un mundo sumergido

Para reconstruir este escenario, el equipo utilizó modelos de distribución de especies combinados con datos paleoclimáticos. Así, proyectaron la presencia de bosques de macroalgas en tres períodos clave: el Último Máximo Glacial, el Holoceno Medio y el Período Cálido Medieval.

Luego, cruzaron estos resultados con evidencia de 38 sitios arqueológicos costeros distribuidos entre Perú y la Patagonia. El patrón fue consistente: una superposición recurrente entre zonas con alta probabilidad de presencia de kelp y áreas de ocupación humana temprana.

Conchas de S.scurria de sitios arqueológicos. Viven en las algas, por lo que en contextos donde no se conservan las algas, son utilizadas como proxy para identificar su presencia y uso en el pasado. Créditos: Carola Flores.

“Los bosques de macroalgas constituyen un hábitat continuo a lo largo de la costa”, explica Bernardo Broitman, investigador del SECOS y académico de la Facultad de Artes Liberales de la UAI. “Ofrecen recursos relativamente predecibles y disponibles durante todo el año, lo que resulta fundamental para poblaciones en movimiento”.

Más que una ruta única y lineal, los resultados apuntan a un mosaico de hábitats costeros productivos que, en conjunto, habrían funcionado como corredores ecológicos para las primeras poblaciones humanas.

El desafío de rastrear lo invisible

A pesar de su importancia, las algas rara vez dejan huella en el registro arqueológico. A diferencia de materiales como conchas o huesos, su composición orgánica favorece una rápida degradación, lo que dificulta encontrar evidencia directa de su uso.

Carola Flores, arqueóloga y académica de la Facultad de Artes Liberales de la UAI, destaca la necesidad de ampliar el enfoque. “El principal problema es la conservación: al ser materiales orgánicos, las algas se degradan fácilmente, por lo que la evidencia directa es escasa”, señala.

Sin embargo, existen formas indirectas de reconstruir su relevancia. “Podemos inferir su uso a partir de restos carbonizados o secos, pero también mediante las especies asociadas a estos ecosistemas, como peces y moluscos. La evidencia muestra que las algas tuvieron múltiples usos: como alimento, combustible y materia prima”, añade.

Sitios como Monte Verde, en el sur de Chile, han aportado algunas de las pruebas más tempranas del uso de algas, evidenciando su presencia en la vida cotidiana de comunidades humanas hace miles de años.

Un refugio en transformación

El estudio también identifica un patrón consistente en el tiempo: los bosques de kelp han respondido a los cambios climáticos desplazándose hacia los polos. Tras la última glaciación, su distribución se expandió hacia el sur en busca de aguas más frías, una tendencia que hoy se repite bajo la presión acelerada del cambio climático.

“Este desplazamiento hacia los polos se ha observado en distintas partes del mundo. Es una respuesta consistente al calentamiento oceánico”, advierte Broitman. En el caso de Chile, agrega, la extensión latitudinal del territorio podría ofrecer refugios hacia el extremo sur, aunque eso no implica ausencia de amenazas.

El aumento de la temperatura del mar, sumado a la presión por la extracción de huiros, podría fragmentar estos ecosistemas, afectando su persistencia, especialmente en el norte del país.

El kelp como puente entre pasado y presente

Más allá de reconstruir el pasado, la investigación propone una nueva forma de entender la relación entre las sociedades humanas y los ecosistemas costeros. Desde el desierto de Atacama —donde el kelp fue utilizado como combustible en contextos de escasez de leña— hasta los canales australes, estas algas han formado parte del entramado ecológico y cultural de las comunidades costeras.

Al integrar modelación ecológica con evidencia arqueológica, el estudio amplía el alcance geográfico de la “Hipótesis de la Autopista del Kelp” en Sudamérica. “Este enfoque permite conectar el pasado ecológico con la historia humana. La modelación muestra dónde pudieron existir bosques de kelp, y la arqueología evidencia que esos mismos espacios fueron ocupados por comunidades humanas”, explica Daniel González-Aragón, coautor del estudio e investigador de la Universidad Católica de la Santísima Concepción.

Más que confirmar una única ruta de poblamiento, los hallazgos refuerzan la idea de que los ecosistemas marinos —y en particular los bosques de macroalgas— desempeñaron un rol clave como entornos estables, productivos y conectados, facilitando la ocupación humana a lo largo del tiempo.

En ese sentido, proteger estos ecosistemas no es solo una tarea ambiental, sino también histórica. Porque en sus aguas densas y frondosas no solo habita biodiversidad: también se conserva parte del recorrido que siguió nuestra propia especie.

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