Una estrategia basada en flores, insectos benéficos y biodiversidad está demostrando que es posible producir alimentos con menos dependencia de agroquímicos. Investigadores del Centro de Estudios Avanzados en Fruticultura (CEAF) validaron durante tres años el uso de bandas florales para controlar el pulgón del melón en cultivos de calabaza, logrando reducir las aplicaciones de insecticidas desde 15 o 20 tratamientos por temporada a solo cuatro.
El trabajo fue liderado por el Investigador Asistente y Magíster en Ecología Aplicada, Álvaro Henríquez, integrante de la Línea de Investigación Hortícola del CEAF, quien destaca que esta práctica representa una alternativa concreta frente a los desafíos ambientales que enfrenta la agricultura moderna.

Las bandas florales corresponden a franjas de vegetación establecidas intencionalmente dentro o alrededor de los cultivos. Su objetivo es proporcionar alimento, refugio y sitios de reproducción para insectos y otros organismos benéficos que actúan como enemigos naturales de las plagas.
En lugar de eliminar indiscriminadamente los insectos mediante aplicaciones químicas, esta estrategia busca fortalecer las relaciones ecológicas presentes en el agroecosistema. De esta forma, depredadores y parasitoides mantienen bajo control las poblaciones del pulgón del melón sin afectar el cultivo principal.
“Son como estrategias de mitigación a la crisis ecológica que tenemos con la agricultura actualmente. Los insecticidas pueden afectar, por ejemplo, a las abejas que llegan a polinizar nuestras plantas de calabaza. No solamente va a atacar al bicho que no quieres sino que a todos los demás”, explica Henríquez.

El diseño de las flores sí importa
La efectividad de una banda floral depende de una cuidadosa selección de especies vegetales. No todas las flores ofrecen los mismos recursos ni son accesibles para los distintos grupos de insectos benéficos.
Entre las especies más utilizadas destacan las pertenecientes a la familia Asteraceae, como la caléndula, cosmos, zinnia, manzanilla y maravilla. Estas presentan estructuras florales abiertas que facilitan el acceso al néctar para organismos pequeños como microavispas parasitoides y chinitas.
También se incorporan especies aromáticas de la familia Lamiaceae, como romero, lavanda, menta y salvia, cuyas flores aportan abundante néctar rico en azúcares. Además, sus compuestos aromáticos pueden interferir en la capacidad de las plagas para localizar los cultivos.
Otra especie clave es el aliso (Lobularia maritima), perteneciente a las Brassicaceae. Su prolongada floración y la accesibilidad de sus flores lo convierten en una fuente permanente de alimento para parasitoides de pequeño tamaño.
A estas plantas se suman leguminosas, trigo sarraceno, facelia y cereales como avena, cebada y maíz. Aunque estos últimos no producen néctar, cumplen una función estratégica: albergan especies de pulgones inofensivas para las calabazas, permitiendo que los depredadores encuentren alimento incluso antes de la llegada de la plaga principal.
Una red de aliados naturales
Las observaciones realizadas durante el estudio permitieron identificar una gran diversidad de organismos benéficos asociados a las bandas florales.
Entre ellos destacaron las chinitas, tanto en estado larval como adulto, reconocidas por su capacidad para consumir grandes cantidades de pulgones. También se registró la presencia de crisopas y microavispas parasitoides, que depositan sus huevos dentro de los pulgones, controlando naturalmente sus poblaciones.
La biodiversidad observada no se limitó a los insectos voladores. Arañas lobo y otras especies terrestres patrullaban constantemente la superficie del suelo en busca de presas, mientras que aves como gorriones y queltehues recorrían activamente los cultivos alimentándose de insectos.
En conjunto, estos organismos conforman una compleja red trófica capaz de reducir la presión de las plagas y disminuir la necesidad de intervenciones químicas.
Agricultura más resiliente y sustentable
Además de reducir costos asociados a la aplicación de plaguicidas, las bandas florales contribuyen a proteger la biodiversidad, mejorar la salud de los trabajadores agrícolas y fortalecer la resiliencia de los sistemas productivos frente a los desafíos ambientales.
Actualmente, el CEAF promueve esta tecnología ecológica mediante talleres dirigidos a pequeños agricultores y también la está utilizando para proteger ensayos de calabazas mutantes obtenidas mediante irradiación gamma, en el marco del proyecto CHI5055 de mejoramiento genético de portainjertos de cucurbitáceas. Esta iniciativa es desarrollada junto a la Comisión Chilena de Energía Nuclear (CCHEN) y cuenta con la participación del Investigador Principal de la Línea de Investigación Hortícola del CEAF, Dr. Ariel Salvatierra.
Los resultados demuestran que, en muchos casos, la solución a los problemas agrícolas no necesariamente proviene de nuevos productos químicos, sino de comprender y potenciar los procesos naturales que sostienen la vida en los campos.
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