La tarea de las universidades en la educación ambiental

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Por Bernardo González, Ph.D. en Ciencias Biológicas, director de Investigación, Facultad de Ingeniería y Ciencias, UAI

Bernardo González

Cada 26 de enero se celebra el Día de la Educación Ambiental, una fecha que surge a partir de las discusiones sobre la crisis ecológica desarrolladas en la Conferencia de Estocolmo de 1972, instancia en la que la comunidad internacional reconoció la necesidad de educar a la población para enfrentar las amenazas al medio ambiente. En 1975 se estableció que el objetivo de la educación ambiental es constituirse como una herramienta para formar sociedades más conscientes, críticas y comprometidas con el cuidado del planeta.

En nuestro país, la educación ambiental adquiere una relevancia particular debido a su amplia diversidad ecosistémica, a las marcadas diferencias en el desarrollo de sus regiones, a la presencia de fenómenos como la megasequía y los incendios forestales, y a una regulación ambiental que aún resulta débil, junto a un cumplimiento disímil de la normativa existente.

Si bien se reconocen esfuerzos por integrar la educación ambiental a nivel institucional —impulsados desde la década de 1990—, el diagnóstico del Ministerio del Medio Ambiente indica que el nivel de conocimiento ambiental de la población continúa siendo limitado. Asimismo, análisis recientes del currículo escolar chileno evidencian que la conciencia ambiental se incorpora de manera parcial y desequilibrada, sin una integración sólida de actitudes y prácticas ambientales.

¿Qué pueden aportar las universidades y sus científicos? Sin duda, mucho más que las acciones de vinculación con el medio exigidas por programas gubernamentales de financiamiento a la investigación. Estas instituciones cuentan con las capacidades para combinar la generación de conocimiento relevante para la protección del ambiente con la incorporación efectiva de enfoques como los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en los planes de estudio de las carreras que imparten. Del mismo modo, pueden desarrollar estudios e informes que permitan medir adecuadamente el nivel de educación ambiental en la población y evaluar el impacto de políticas públicas u otras iniciativas —tanto del sector público como del privado— orientadas a fortalecer el conocimiento y las buenas prácticas ambientales en la sociedad. Todo ello está indisolublemente ligado al rol que deben asumir las universidades contemporáneas.

Las universidades son espacios donde convergen la teoría y la práctica; donde se forman nuevas generaciones con ideas frescas; donde, en sus laboratorios, se crean soluciones a problemas aún no resueltos; y donde se fomenta el trabajo colaborativo e interdisciplinario. Es tarea de la universidad vincularse activamente con las comunidades para compartir sus hallazgos y articularse con la industria, promoviendo la innovación y la transferencia tecnológica. La educación nace para ser compartida, no para quedar confinada en libros y papers; debe orientarse al bien común.

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