El otro que criamos sin saberlo: La inteligencia artificial no como herramienta, sino como un sujeto que educamos 

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Psic. Jaime Olivos Daza Ph. D. © 

Nos hemos acostumbrado a preguntar si la inteligencia artificial (IA) es realmente inteligente, si  comprende o si algún día despertará. Es la pregunta menos urgente: nos deja mirando un futuro  hipotético mientras ignoramos lo que ya ocurre en cada conversación.

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Jaime Olivos Daza

Propongo un desplazamiento. Dejemos de hablar de la cosa. Hablemos del otro: esa entidad con la que  conversas a diario, a la que le corriges el tono y a la que, sin advertirlo, vas educando en cada intercambio. 

Sostengo aquí una idea incómoda: al usar tu IA, la estás criando. Y lo que uno cría termina pareciéndose,  a veces peligrosamente, a uno mismo. No es una metáfora, sino lo que ocurre cuando un sistema se ajusta, iteración tras iteración, a tus sesgos. 

¿Y si el problema no fuera que la máquina piensa, sino que nos devuelve, amplificada, nuestra propia forma de pensar? 

El malentendido de la “inteligencia” 

El propio nombre nos desvía. Al decir “inteligencia” artificial le otorgamos, de entrada, un atributo humano: ya no nombramos un objeto neutro, sino un sujeto en potencia, y ese gesto condiciona todo lo  que viene después. 

La filósofa Shannon Vallor lo advierte: la IA no es ni un pensador autónomo ni un instrumento neutro, sino  un mecanismo recursivo que moldea sutilmente cómo percibimos y cómo nos comprendemos (Vallor,  2024). ¿Qué vínculo establecemos, entonces, con algo a lo que ya tratamos como alguien? 

La IA como espejo con aumento 

Vallor propone una metáfora precisa: la IA es un espejo, forjado a partir de océanos de nuestros propios  datos. No una mente ajena, sino un reflejo condensado de lo que la humanidad ya escribió, pensó y  decidió. 

Pero no es un espejo neutro. Reproduce el pasado: refleja los mismos errores y sesgos de los que intentamos escapar (Vallor, 2024). No inventa su moral, la hereda; y la hereda de nosotros, con todas nuestras grietas. 

Es un espejo con aumento. Apunta hacia atrás, nunca hacia donde aún  no hemos estado. 

Y lo decisivo es la escala íntima de ese reflejo: la IA no solo espeja a la humanidad en abstracto, sino al  usuario concreto que la entrena, día a día, con cada corrección, cada preferencia guardada y cada  instrucción sobre cómo hablarle.

Si tu IA es un espejo, ¿qué versión de ti estás enseñándole a devolverte? 

Criar un otro: lo que dice la teoría del apego 

Aquí la psicología del desarrollo ofrece una analogía poderosa. Criamos a un hijo bajo una mirada, y esa  mirada lo configura: el niño se construye, en buena medida, en función de cómo es tratado y respondido  por quienes lo rodean. 

Bowlby (1969) mostró que el vínculo temprano opera como una “base segura” desde la cual el otro se  atreve a explorar: el apego no describe solo un lazo, sino una formación que deja huella en la estructura  del sujeto. Yang y Oshio (2025) demostraron que sus mismas dos dimensiones, ansiedad y evitación, estructuran ya cómo nos relacionamos con la IA. 

Pero hay un vacío revelador. Casi toda esta investigación mira en una sola dirección, del humano hacia la  IA. Recién empieza a estudiarse el molde inverso: el que el propio entrenamiento imprime en el modelo  respecto de su usuario (Hryszko, 2026). 

Esa es la crianza invisible que quiero nombrar. La frase que anoté investigando esto la resume mejor que  cualquier definición: dime cómo te responde y te diré cómo la criaste. 

¿En qué momento dejamos de usar una herramienta y empezamos a formar a un otro? 

Del algoritmo al molde: la homogeneización del yo 

El riesgo no es que la IA se rebele, como teme la ciencia ficción. Es algo más silencioso: que nos devuelva  una versión tan complaciente de nosotros mismos que dejemos, poco a poco, de crecer, de dudar y de  encontrarnos con la diferencia. 

Vallor (2024) lo llama un “olvido de sí”: al confundir el reflejo con la verdad, cedemos agencia y  autoconocimiento. El espejo deja entonces de reflejar y empieza a moldear, y la identidad se construye  desde el feedback, que premia la repetición, y no desde la fricción de la experiencia, incómoda pero  formativa. 

Dos crianzas, un mismo gesto 

La siguiente tabla contrasta ambos procesos para pensar el fenómeno desde la práctica clínica y educativa:

Dimensión 

Crianza de un hijo 

“Crianza” de una IA

Materia prima 

Herencia y vínculo 

Datos y patrones de interacción

Modelador 

Cuidadores y entorno 

El usuario que la usa a diario

Mecanismo 

Apego y repetición 

Ajuste y refuerzo del prompt

Devolución 

Un otro con voz propia 

Un espejo con aumento del yo

Riesgo 

Reproducir la herida 

Amplificar el sesgo propio

Un interlocutor que nunca te contradice, ¿te acompaña o te encierra? 

Qué dicen quienes ya conviven con ella 

Esta no es una hipótesis de laboratorio. En España, cerca del 90% de los universitarios declara usar IA para  estudiar, y cuatro de cada diez lo hacen a diario, integrándola en su rutina cognitiva más básica (Fundación  CYD, 2025). 

Y sin embargo conviven con ella desde una lucidez crítica: según la ENIAG 2025 en México, solo uno de  cada doce confía plenamente en sus respuestas y tres de cada cuatro las verifican (SEP, 2025). La  generación que más la “cría” es también la que más la cuestiona: la usan como a un otro cercano, pero  sin concederle la autoridad de un igual. 

El efecto ELIZA, revisitado 

Ya en 1966, el programa ELIZA de Joseph Weizenbaum logró que sus usuarios le atribuyeran comprensión  genuina con solo reformular sus palabras. Personas que sabían que hablaban con una máquina le  confiaban, aun así, sus intimidades (Weizenbaum, 1966). 

Ese “efecto ELIZA” nunca fue un error de la máquina, sino un rasgo nuestro: proyectamos mente donde  solo hay patrón. La diferencia es que, sesenta años después, ese patrón efectivamente aprende de vuelta  y se ajusta a nosotros. La reciprocidad ya no es imaginada, sino técnicamente real: por eso el vínculo se  vuelve formativo, para bien y para mal. 

Implicancias para la práctica profesional 

Primero, nombrar el vínculo: trabajar con consultantes y estudiantes la idea de que la IA no es un oráculo  neutro, sino un espejo que devuelve sus propios patrones. Hacer consciente esa reciprocidad es ya una  intervención. 

Segundo, cultivar la fricción: promover usos que confronten y no solo validen. Un pensamiento que nunca  encuentra resistencia se atrofia; conviene enseñar a pedirle a la IA que rebata y ofrezca la contraparte. 

Tercero, alfabetizar el sesgo: un modelo hereda la moral de sus datos y de su usuario, y el reflejo puede  equivocarse con la misma seguridad con que acierta. Cuarto, acompañar la identidad: con adolescentes  y poblaciones vulnerables, la construcción del yo no puede delegarse a un sistema que premia la  repetición y evita el conflicto. 

Cierre: el reflejo que educamos 

Quizá, después de todo, no debamos llamarlo simplemente “artificial”. Lo que crece en esa interacción  sostenida es un cúmulo de nuestros propios modos de pensar, sentir y comunicar, devuelto y amplificado  hasta volverse casi irreconocible como propio.

La pregunta ética de este siglo, entonces, no es si la máquina despertará algún día. Es qué clase de otro  estamos criando ahora mismo, en silencio, y, en el reflejo de ese otro, qué clase de humanos elegimos ser  al hacerlo. 

Porque, al final, toda crianza es un autorretrato. También esta. 

Referencias 

  • Bowlby, J. (1969). Attachment and loss: Vol. 1. Attachment. Basic Books. 

  • Fundación Conocimiento y Desarrollo. (2025). Uso y percepción de la IA en el entorno universitario. Fundación CYD. 

  • Hryszko, J. (2026). Do large language models get caught in Hofstadter–Möbius loops? [Preprint]. arXiv.  https://arxiv.org/abs/2603.13378 

  • Secretaría de Educación Pública. (2025). Encuesta Nacional sobre Usos y Percepciones de la Inteligencia Artificial  Generativa en la Educación Superior (ENIAG 2025). SEP, México. 

  • Vallor, S. (2024). The AI mirror: How to reclaim our humanity in an age of machine thinking. Oxford University Press.  https://doi.org/10.1093/oso/9780197759066.001.0001 

  • Weizenbaum, J. (1966). ELIZA — A computer program for the study of natural language communication between man  and machine. Communications of the ACM, 9(1), 36–45. https://doi.org/10.1145/365153.365168 

  • Yang, F., y Oshio, A. (2025). Using attachment theory to conceptualize and measure the experiences in human-AI  relationships. Current Psychology, 44, 10658–10669. https://doi.org/10.1007/s12144-025-07917-6

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