Por Javier Lopatin, investigador titular Data Observatory y académico Facultad de Ingeniería y Ciencias UAI
El suelo es el mayor sumidero de carbono terrestre del planeta. Lejos de ser solo un sustrato inerte, es un ecosistema vivo, repleto de microorganismos que sostienen procesos esenciales para la vida. Uno de los mayores temores de la ciencia hoy es que, a medida que el planeta se calienta, una parte importante del carbono almacenado en los suelos se libere a la atmósfera, convirtiéndolos en emisores de gases de efecto invernadero.

Cada 5 de diciembre se conmemora el Día Mundial del Suelo, fecha que nos invita a reflexionar como sociedad sobre su valor presente y futuro. La actividad microbiana que habita el suelo, tiene un impacto gigantesco en el clima: estos organismos descomponen y estabilizan la materia orgánica —hojas caídas, raíces muertas, restos de vegetación—, manteniendo el carbono fuera del aire que respiramos. Esa misma materia orgánica permite absorber y retener agua, reducir las inundaciones, mantener la fertilidad y sostener la productividad de los ecosistemas.
El IPCC (Panel Intergubernamental de Cambio Climático) advierte que el sistema alimentario mundial ya muestra señales de estrés debido a la caída de la producción agrícola. La ONU, por su parte, alerta sobre la disminución de la biodiversidad microbiana, la pérdida de nutrientes y la creciente incapacidad de muchos suelos para retener agua y secuestrar carbono. Restaurar un suelo degradado puede tomar décadas y es extremadamente costoso; por ello, la única estrategia sensata es prevenir su deterioro mediante prácticas que eviten la erosión, la contaminación y la pérdida de materia orgánica.
¿Y qué ocurre en Chile? Somos uno de los pocos países de la OCDE que no cuenta con una Ley de Protección de Suelos, pese a que diversos sectores la han solicitado durante décadas. Esta ausencia es difícil de justificar, sobre todo cuando la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) estima que, para 2050, la superficie de suelo productivo disponible se reducirá a la mitad. Esto amenaza la capacidad global de alimentar a una población que superará los 9 mil millones de habitantes. La alternativa sería incrementar significativamente los rendimientos agrícolas, pero eso resulta prácticamente imposible cuando trabajamos en suelos empobrecidos.
Los cambios en la dieta global agravan aún más el problema. La creciente demanda de carne y lácteos requerirá más de 1.000 millones de toneladas adicionales de cereales y 200 millones de toneladas de productos ganaderos para 2050. Esta presión se suma a una profunda desigualdad en el acceso a suelos fértiles, tanto a nivel mundial como en los países.
Si queremos cuidar nuestro patrimonio natural y usarlo de manera responsable, debemos estudiar en profundidad la estructura y la composición de nuestros suelos, así como los efectos de las prácticas silvoagropecuarias. Chile necesita una gobernanza centralizada de datos de suelo y herramientas de modelamiento que permitan predecir sus interacciones con el uso humano. Hoy contamos con tecnologías sin precedentes para ello: desde sensores remotos hasta técnicas de digital soil mapping, capaces de escalar el conocimiento del suelo a nivel nacional.
Pero todo esto requiere una decisión política fundamental: invertir seriamente en la ciencia. Proteger los suelos no es solo un desafío ambiental, sino también una condición básica para el desarrollo sustentable, la seguridad alimentaria y el bienestar futuro del país. No podemos permitirnos seguir olvidando el suelo que sostiene nuestra vida y economía.













