Catalina Salazar. Directora Festival Pasadas pa’ la Pluma
Si las máquinas son capaces de escribir, el desafío ya no reside en defender el arte como un feudo exclusivamente humano. El reto actual es cuestionar qué significa crear, quién ostenta el derecho a la autoría y por qué es más urgente que nunca que las mujeres sigan narrando el mundo.
Hubo un tiempo en que escribir era un privilegio; luego, se transformó en un derecho. Quizás nuestra época sea aquella en la que escribir vuelve a ser, ante todo, una responsabilidad. Como señalaba Virginia Woolf en Una habitación propia, el acceso a la palabra no es un acto inocuo, sino una lucha por el espacio material y simbólico necesario para existir como sujetos creadores. Durante siglos, la lucha de las mujeres no fue solo por publicar, sino por el reconocimiento de su autoría: reclamaban ser sujetos capaces de imaginar universos y dejar una impronta en la memoria colectiva. La historia literaria es la crónica de esta conquista silenciosa, donde las voces que hoy celebramos fueron precedidas por generaciones que escribieron desde los márgenes, bajo seudónimos o en el olvido.
Bajo esta premisa, cabe preguntarse si el debate sobre la inteligencia artificial está bien planteado. La inquietud suele ser recurrente: si un algoritmo puede redactar un poema o componer una sinfonía, ¿dejará el arte de ser un atributo humano? Tal vez esa no sea la pregunta esencial.
En la Grecia antigua se distinguía entre fabricar y crear. Fabricar era producir un objeto; crear —la poiesis— consistía en traer a la existencia algo inédito. Hoy, la inteligencia artificial desdibuja esta frontera produciendo textos con una maestría que desafía nuestros criterios estéticos, recordándonos la inquietud que planteaba N. Katherine Hayles en Cómo nos volvimos posthumanos: el miedo a que la cultura, y no solo la biología, sea sustituible. Cuanto más eficiente es la máquina, más cobra vigencia la interrogante: ¿quién crea?.
Aunque el siglo XX intentó desplazar al autor para centrarse solo en el texto, el encuentro con un poema generado por un algoritmo reactiva dudas profundas. En el cine estadounidense, películas como Her (Spike Jonze) o Blade Runner 2049 han explorado esta fricción, sugiriendo que la máquina puede simular la intimidad o la memoria, pero carece de la «responsabilidad ética» del sujeto. Mientras que Samantha, la IA en Her, busca una conexión existencial, sigue siendo un sistema que procesa, no uno que habita el trauma o la alegría.
Aquí surge la oportunidad para reinterpretar el fenómeno. Se afirma que la inteligencia artificial tiene sesgos de género, y es innegable que los reproduce. No obstante, la máquina no discrimina por ideología, sino por aprendizaje: hereda el archivo que le legamos. Esta realidad transforma el sentido de la escritura. Ya no escribimos solo para otros seres humanos; ahora alimentamos sistemas que procesarán nuestras palabras para responder a las dudas de millones. Cada ensayo o novela se integra en un vasto archivo desde el cual las tecnologías del mañana definirán qué es la familia, el cuidado o el protagonismo en la historia.
La pregunta crucial no es solo si la IA es sesgada, sino quién está redactando el mundo del cual ella debe aprender. Si antes fue necesario escribir para no ser borradas de la historia, hoy el reto es mayor: escribir significa nutrir el sustrato del que las tecnologías del futuro extraerán su comprensión de lo humano.
Las máquinas pueden combinar infinitas palabras, pero son incapaces de responsabilizarse de ellas. No pueden responder por una herida, una infancia o una esperanza. La inteligencia artificial no nos obliga a blindar la excepcionalidad humana, sino a recordar que crear es, esencialmente, exponerse.
Si los sistemas aprenderán de lo que dejemos atrás, escribir trasciende el arte para convertirse en un acto de cuidado: del lenguaje, de la memoria y del futuro. Porque la cuestión no es si la inteligencia artificial posee género, sino si el futuro contará con la diversidad necesaria para que ninguna inteligencia vuelva a aprender un mundo donde las mujeres deban luchar, otra vez, por el derecho a ser autoras.
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